lunes, 8 de diciembre de 2008

El Mesías de Händel II

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Continuamos glosando el primer pasaje bíblico (Is 40, 1-5) que se canta en El Mesías. Apenas nos dio tiempo a rozar las dos primeras palabras.

“... a mi pueblo”. La llamada se dirige a una pluralidad, vosotros, que debe consolar no a una suma de individuos, sino a un pueblo. La noticia de la pronta liberación del destierro es un consuelo que el profeta lleva a cada uno personalmente, pero que se desborda en un donar ese gozo a los demás que son pueblo. El israelita estaba exiliado como individuo y como pueblo. Y todos los hombre, por nuestra condición social, inescindiblemente sufrimos la desolación tanto en nuestra dimensión individual como social y necesitamos, al ser consolados, que no solamente lo seamos en la primera, sino también en esa segunda dimensión.

“Dice vuestro Dios”. Mi pueblo y vuestro Dios. Posesión mutua. El pueblo no es cualquier colectividad humana, sino que es de Dios. El pueblo que Él ha convocado en el monte Sinaí para constituirlo como pueblo suyo por medio de la Alianza. Y, al cual, se da como Dios suyo. También, en comunión de vida, fue creado el hombre, pero prefirió vivir solamente desde sí mismo. La Historia de Salvación es la de la recomposición de eso que rompimos y el pacto sinaítico es una etapa crucial de ella. Al principio no había Alianza, porque solamente se alían los que están separados. El hombre, al haber sido creado en comunión con Dios, no tiene como añadido el estar con Él. Lo que no le es propio es la separación; volver a la comunión con Dios es volver a lo originario, es lo original.

La Alianza del Sinaí es un paso hacia la comunión plena y prefiguración de la Alianza en la sangre del Cordero. A esta Alianza del Sinaí fue infiel Israel. El hombre, lo mismo que el antiguo pueblo de Dios, lejos de la comunión, de lo que le es propio, no es feliz. Pero Dios no es solamente el siempre fiel, en el sentido de nunca romper el pacto, sino que su fidelidad va más allá de nuestras infidelidades, no está sometida a condición alguna; su fidelidad es absoluta, está suelta de toda ligadura de circunstancia. Pese a la infidelidad, Él no dejó de considerar a Israel su pueblo; pese a nuestras infidelidades, no deja de considerarnos suyos. Por ello, una y otra vez, llama a participar de su consuelo, a que respiremos su divino aliento. Me llama a la consolación, para que mi consuelo consuele a los demás y para ser consolado con los otros con quienes soy.

Habrá que seguir avanzando; que no nos importe una cierta morosidad. No hay prisa.

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