martes, 3 de marzo de 2009

Algo más que cloruro sódico


Recientemente se ha publicado el Anuario Pontificio. Según los datos estadísticos, la proporción de católicos en el mundo se mantiene más o menos. Frente a cualquier triunfalismo, solamente un 17,4% en el total mundial.

Claro, esto solamente se referirá a los bautizados en la Igleisa o bautizados fuera de ella acogidos posteriormente. Si cambiamos el punto de vista y nos situamos en uno vivencial, las cifras indudablemente bajan. ¿Cuántos además de pertenecer quieren serlo? ¿Cuántos de catolicismo heredado e inercial lo han hecho algo suyo?

El Señor nos encomendó anunciar el Evangelio a todas las gentes, lo que no garantiza el número y, desde luego, no pone objetivos empresariales. Pero lo que sí nos dice es que somos la sal de la tierra (Mt 5,13). Sea cual sea el número, lo decisivo es mantenerse fiel a lo que somos para cumplir la misión.

¿Y cual es la misión de la sal? Levítico 2,13 (cf. Ez 43,24) dice: "Sazonarás con sal toda la oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; en todas tus ofrendas ofrecerás sal". Una referencia a lo duradero de la alianza y, por tanto, a la fidelidad también.

Este pasaje del Levítico creo que nos da luz sobre la misión que tenemos como sal. Todo ha sido creado para la gloria de Dios, la naturaleza y la historia tienen que ser una oblación de alabanza. Los discípulos tenemos que ser esa sal de la alianza sobre la ofrenda que será consumida por el fuego del Espíritu traído por la Cruz de Cristo (cf. Lc 12,49).

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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).