lunes, 23 de marzo de 2009

Antífona de comunión C-DIV.3 / Salmo 122 (121),3s

Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar tu nombre, Señor (Sal 122,3s).
El salmista ha recibido la noticia de que van a emprender una peregrinación a la Casa de Dios en Jerusalén y comienza el Salmo manifestando su alegría por ello. Cuando está ya en las proximidades de la ciudad canta a ella. Allí hay cosas magníficas, pero lo que la hace de verdad diferente es que en ella está el templo en el que se encuentra la presencia de Dios.

En el momento de la comunión, el verdadero discípulo, peregrino en esta tierra hacia el Cielo con sus hermanos del nuevo Israel, sabe que al comulgar está pregustando los bienes futuros, está en los umbrales de la Jerusalén celeste, cuyo fundamento no es de piedra y que no está hecha con manos de hombres:
Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. (...) La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero (Ap 21,11s.14).
En ella no está el trono de David, sino el de Dios y el Cordero (Ap 22,1.3). En ella, no hay un templo como el que edificó Salomón, "porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero" (Ap 21,22s).

Y, lleno de alegría porque escucha la invitación a las bodas del Cordero (cf. Ap 19,9), celebra y bendice el nombre del Señor por lo que ha hecho por él y todos los hombres.

2 comentarios:

  1. Jerusalem es entonces una metáfora de la alegría de la Salvación ¿no?

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  2. La Jerusalén terrestre es más que metáfora, es un anticipo y profecía de la celeste porque la salvación será con otros, el Cielo es la sociedad de los salvados en la comunión con Dios. Y, entre la urbana y la del cielo, la Iglesia militante. La triunfante -a la purgante le falta un poco-, es la cabeza de esa peregrinación; ya ha llegado, pero está a la espera de los que todavía peregrinamos. Cuando se haya concluido el caminar de todos, entonces propiamente, como don bajado del cielo, se podrá hablar plenamente de la Jerusalén del cielo.

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