
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él -dice el Señor- (Jn 6,57).
Al ir a comulgar, en esta solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, es esto lo que, con la antífona de comunión nos dice el "verdadero y único sacerdote" (Prefacio I de la Santísima Eucaristía). Nos lo dice Él y nos lo dice a cada uno en particular. Nos lo dice la Palabra eterna del Padre, la Palabra que es la Verdad y también el Camino y la Vida (Jn 14,6). Y me lo dice a mí.
Este misterio de la inhabitación mutua de Cristo y el creyente no es algo a lo que pueda tener acceso nuestra razón. Es misterio, no porque sea algo desconocido que tarde o temprano quedará desvelado por el esfuerzo del hombre, sino que es misterio en sí mismo. Está fuera del alcance de nuestro entender. Por ello, es verdad no desvelada por el hombre, sino revelada por la Verdad que, si me permitís decirlo así, "verdadea" en la fe. En la fe, se hace presente desde sí mismo como misterio.
Pero este misterio de la inhabitación, no solamente "verdadea", sino que, en su hacerse presente en la fe, lo hace como belleza atrayente. La Palabra escuchada no solamente da noticia, sino que, como perfume, nos atrae para caminar tras un rastro. Camino que no ha de ser simplemente recorrido como los que están trazados sobre la tierra, sino Camino que como un río o las corrientes marinas, ante todo, nos lleva.
¿A dónde? A la Vida. ¿Y qué vida? La divina, a pregustarla ya en la tierra, a que aquí, al alimentarnos con su carne y sangre, habitemos en Él y Él en nosotros. Atraídos por su belleza, al escuchar en fe la antífona, en la procesión para comulgar, caminamos hacia la Vida.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).