viernes, 12 de junio de 2009

El Mesías de Händel LXII


Desde el libro de las Lamentaciones nos llega una pregunta:
Mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? (Lm 1,12).
El tenor, con profunda pena, la remite a Jesús: ¿hay dolor como el suyo? Pero no es una pregunta teórica. Hay una invitación a contemplar para que sea el misterio del Hijo de Dios sufriente el que nos interrogue y nos responda. No se trata de manejar conceptos ni de sacar en claro contenidos útiles, sino de un misterio de relación interpersonal. Es Jesús quien verdaderamente me pregunta y quien puede responderme. Las palabras sobre Dios nos tienen que llevar a Él.

¿En dónde está la comparación? ¿En qué es inigualable su dolor? La teatralidad y devocionalismo barrocos -aunque la espiritualidad de esa época no se puede reducir a esto-, como todos los dolorismos, tendió a acentuar lo físico, lo truculento muchas veces; se trataba de suscitar emociones, sentimientos, sensaciones. Un tipo de religiosidad acaso no muy profunda y de la que quedan muchas inercias. Pero dejemos esto y volvamos a nuestra pregunta. ¿Es el dolor físico de Jesús el punto de la comparación? Ciertamente las torturas físicas fueron tremendas, pero a lo largo de la historia ha habido personas que han sido tratadas peor y durante más tiempo.

Lo incomparable del dolor de Jesús está en quién sufre y de qué. Los hombres tenemos en común con los animales el dolor físico, pero es patrimonio propio nuestro el dolor espiritual o, si preferís, el moral. Aunque no nos toquen, sufrimos por muchas cosas, porque nuestra vida no es propiamente la biológica; esta la damos por lo que es de verdad nuestra vida. Y, cuando esta la vemos atacada, es cuando verdaderamente sufrimos. El avaro sufre cuando pierde dinero, el soberbio cuando es humillado. Nos duele de verdad aquello en lo que tenemos puesto el corazón y en la medida que así sea.

A Jesús le duele lo que ama. ¿Y qué ama? Al Padre y, por ello, ama todo lo que Él ama. ¿Y qué es? Dios nos ama y quiere que seamos sus hijos, que participemos en la vida divina por toda la eternidad. Ahí tiene Jesús puesto su corazón, en todo lo que ama el Padre. Por ello sufre, porque lo ama y porque ese objeto de su amor lo ve destruido. Cuanto más amamos algo, más sufrimos por su destrucción. Jesús sufre incomparablemente, porque ama sin parangón. Cuanto más se destruye el objeto de nuestro amor, más sufrimos. Jesús sufre indeciblemente, porque la mayor destrucción de los hombres es el pecado, la muerte del alma. Y todos además hemos pecado (Rm 5,12). Por ello, la pasión de Jesús abarcó toda su vida.

Es incomparable de qué sufre. Y, sobre todo, quién sufre. La esencia divina es impasible, porque es absoluta perfección. Sin embargo, al sufrir el hombre Jesús, quien sufre es el Hijo de Dios; ese sufrimiento es suyo. Y, porque es suyo, es de las otras personas divinas (cf. Jn 17,10), porque cada una de ellas está en las otras.

Mas todas estas palabras no quieren ser una respuesta. Si lo son, no las leas, olvídalas. Sólo quieren ser un dedo que señale, que diga: "Mirad, fijaos". No te quedes en ellas. Que sea Jesús quien te hable, que Él te abra el interrogante y te diga donde está su dolor, para que su amor y su dolor sean los tuyos.

Continuaremos.

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