
Un coro de ángeles con creciente gozo canta:
-¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria. -¿Quién es ese Rey de la Gloria? -El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra. -¿Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria. -¿Quién es ese Rey de la Gloria? -El Señor, Dios de los Ejércitos: Él es el Rey de la Gloria (Sal 24, 7-10).
Se trata de la parte final de un salmo que probablemente formaba parte del ritual de una celebración litúrgica. En él hay dos diálogos, éste es el último. Pudiera ser que el contexto fuera que en una fiesta, difícil de precisar cuál, el grupo de creyentes con el Arca de la Alianza, a las puertas del templo, era interrogado. Primero por la pureza de los fieles y finalmente, los versículos que nos ocupan, sobre la identidad del personaje central.
En el caso de Jesús, no es el Arca de la Alianza, sino Jesús mismo, ni tampoco el templo construido con piedras, sino el santuario celeste. Quien va a entrar es presentado como héroe victorioso. Jesús es quien ha luchado con el pecado, el maligno y la muerte y ha vencido. Pero también es el Sumo y Eterno Sacerdote:
Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna (Hb 9,11s).
Este salmo tiene una primera parte, que, tras la Resurrección y Ascensión del Señor, pasa a ser la segunda, porque a donde nos ha precedido la Cabeza, tiene que seguir el cuerpo y los miembros. Esta entrada triunfal de Jesús en la gloria se convierte para nosotros en una pregunta esperanzada: "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?" (Sal 24,3). Pregunta porque, aunque será sobre lo que nos juzgue, primeramente es una llamada y esperanzada porque tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Y la respuesta, para poder atravesar las puertas del templo y participar en la liturgia eterna, tiene que ser una vida así:
El hombre de manos inocentes, y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación (Sal 24,4s).
Una vida de manos inocentes, es decir, con obras conforme a la voluntad de Dios; un corazón puro, para el cual la única riqueza sea Dios, un corazón purificado ya en esta vida o, si no, en el purgatorio; una vida con los dos amores, a Dios y al prójimo. Así podremos acompañar al Señor en su gloria.
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