jueves, 16 de julio de 2009

Un sitio tranquilo y apartado. Mc 6,30-34

Con esto de que estamos en la jurisdicción estival, mi acceso a internet se va a ver dificultado muchos días. Como no sé si me será posible el sábado hacer el habitual comentario del evangelio dominical, voy a adelantarlo hoy, porque no quiero que os quedéis sin él. Deseo que os sirva para algo, sobre todo, para amar y conocer más a Jesús. El domingo espero poder hacer el comentario a la antífona de comunión. Sobre estos últimos estoy pensando, cuando hayamos visto todas, juntarlas y publicarlas en tomo con un título que podría ser Pequeño devocionario eucarístico; desde luego en ellas lo que estoy haciendo es verter mi amor a la eucaristía. Pero dejémonos de prolegómenos y vayamos a lo que nos interesa ahora.

Nos dice el evangelista que se fueron a “un sitio tranquilo y apartado” (Mc 6,32); el texto original griego dice que el lugar era éremos. ¿Y dónde estará este sitio para poder nosotros ir también con ellos, con Jesús y los apóstoles, atravesando en barca las aguas? ¿Qué sitio será éste y, si será posible, en medio del ruidoso mundo encontrarlo? ¿No será ese lugar la cima del monte, de que nos habla S. Juan de la +, donde solamente mora honra y gloria de Dios? ¿No será la morada central del castillo interior donde está el mismo Dios? S. Atanasio nos cuenta que S. Antonio el Grande marchó al desierto interior. Y es allí donde tenemos que ir nosotros, en comunión con Jesús y la Iglesia; pero no a uno geográfico, sino al centro de nuestra humildad.

Nos dice el evangelista que por tierra fueron muchos a su encuentro. Y esto me hace pensar que acaso sea esto lo que más falta nos haga, ir a ese lugar tranquilo y apartado, es decir, vivir verdaderamente en Dios, para que acudan de todas partes todos los que andan como ovejas sin pastor, que necesitan la compasión de Jesús, que los enseñe con calma.

Está bien que hagamos planes, que hablemos, etc., pero lo primero es ir a ese sitio con Jesús y los apóstoles y desde allí, desde esa perspectiva única es como podemos ver verdaderamente lo que es necesario. De modo que, cuando nos encontremos problemas, acaso lo primero que tengamos que preguntarnos es si estamos ya en camino hacia ese sitio tranquilo y apartado y, si no es así, ponernos en marcha; y, si en camino estamos, más animarnos para continuar avanzando en medio de las olas hacia él.

2 comentarios:

  1. Que bonito esto que escribes. "estas olas" son lo que ha acumulado nuestra vida tratando de negar o rechazar aspectos de nuestro Todo, sin darnos cuenta de que lo mismo eran esas nuestras cualidades para ser libres. GANDHI DECÍA QUE "LOS DEMONIOS DEL MUNDO SON LOS QUE ESTAN RODEANDO NUESTRO CORAZÓN" Y ya que es AHÍ DONDE HEMOS DE TRATAR DE LLEGAR para encontrar compasion a nuestra propia humanidad pues iremos para allá

    ResponderEliminar
  2. Ya espero ese Pequeño devocionario eucarístico.

    ResponderEliminar

Os animo a enviar vuestros comentarios. Por favor, tened en cuenta que:

- El autor del blog se reserva el derecho de borrar total o parcialmente los comentarios que considere inaceptables, ya sea por no ajustarse al tema de la entrada publicada, por contravenir la Política de contenido de Blogger o por otros motivos.

- Si quieres incluir un enlace que contribuya a enriquecer el tema, es imprescindible que lo acompañe una breve descripción o resumen de su contenido.

- Se podrán bloquear todos los comentarios de un visitante que suplante a otra persona o reiteradamente infrinja las normas.

- Si se desea hacer un comentario sólo para el autor del blog y que no se publique, basta con indicarlo en el texto del mismo.

- Los comentarios no se publican automáticamente. El tiempo de demora no se puede predeterminar ya que en este blog siempre serán moderados previamente.

Quizás sea bueno que todos, antes de participar, consideraramos esto:

"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).