domingo, 11 de octubre de 2009

Antífona de comunión TO-XXVIII.1/Salmo 34 (33),11

Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada (Sal 34,11).
La experiencia parecería negar que fuera verdad lo que dice este versículo. Son muchos los ricos que mueren ricos y que no han pasado nunca hambre. En cambio, son muchos los creyentes que pasan necesidades, que carecen de muchas cosas, materiales y no materiales; muchos de los que buscan al Señor carecen de lo más elemental para subsistir, incluso del respeto a su libertad religiosa, de expresión, etc.

Y, sin embargo, en el momento de ir a comulgar, el creyente sabe que esto es una apariencia, que esto solamente es una evaluación desde un punto de vista que ha prejuzgado previamente qué es y qué no es riqueza con criterios distintos a los del Evangelio. Desde lo que los ricos consideran apetecible, el creyente es muy pobre. Es tan pobre que no confía en las riquezas, sino que se apoya en la única riqueza. Dios es su tesoro y allí tiene puesto su corazón.

Si entrar en el Reino de Dios es lo codiciable, entonces los ricos son muy pobres, entonces los que ponen su confianza en las riquezas son pobres. El hombre, igual que una cierva sedienta sólo satisface esa necesitad con agua, sólo satisface su sed con Dios, porque ha sido creado para la divinización. Todo lo demás que tratamos de beber o son analgésicos que nos duermen para no sentir el apetito de divinidad o son sucedáneos que tratan de acallar el anhelo de Dios. Los ricos, los que ponen su confianza en las riquezas, o viven en una narcosis o viven en la ilusión de estar saciados, pero en realidad carecen de lo único importante.

El que va a comulgar va a saciar su apetito de divinidad. Y, al hacerlo, recibe al dueño de todas las cosas y con Él lo recibe todo. Pero es un tipo de posesión distinto al del mundo, es poseer todo como Adán en el Paraíso. Todo está a nuestra disposición para servir.

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5,3).

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