jueves, 12 de noviembre de 2009

El Mesías de Händel LXXVI

Y el tenor, en un segundo paso, canta:
Los quebrantarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza (Sal 2,9).
Entronizado a la derecha del Padre, Jesús ejerce como Rey sobre toda la historia y rige con amor sus destinos. Pero entonces, ¿por qué habla de quebrantar y quebrar con su cetro? ¿Es que Dios no obra con amor ante quienes se sublevan?

Dios es amor y ciertamente su obrar es así. Con frecuencia hay pasajes de la Escritura que chocan con nuestra expectativa. Estos pasos, precisamente porque rozan con nuestra mentalidad, nos ofrecen una gran riqueza. Ese escándalo que sentimos ante ellos es ya un acto de amor divino. La Palabra quiere romper la precomprensión que nos impide ver el amor de Dios en todo. Cuando un versículo, cuando un relato, me choca, me está haciendo una llamada a pararme y a dejar que esa Palabra viva y eficaz obre en mí. Una llamada a la mansedumbre, a la docilidad, a confiar en que Dios lo hace todo bien, a la humildad de que sea Él quien hable y no que lo juzgue mi mentalidad aún pendiente de purificación.

Para acercarnos al misterio divino, las palabras se nos quedan cortas y, con frecuencia, recurrimos a las metáforas para que, por medio de una imagen, transporten a nuestro entendimiento desde lo comprensible a lo incomprensible. El fuego siempre actúa igual, pero sus efectos son distintos según me sitúe respecto a él. Si estoy a una distancia adecuada, me da luz y calor; si me acerco en exceso, me quema. Análogamente ocurre con Dios; pero qué torpe resulta la imagen, pues el fuego no actúa ni consciente ni voluntaria ni libremente y Dios de manera absoluta sí. Y mi posición ante el fuego, al ser yo más que una realidad meramente material, siempre lo es desde una superioridad ontológica; Dios, en cambio, es el infinitamente soberano.

Él no puede sino regiamente amar libremente, pero nuestro rechazo a su amor comoporta el que ese amor nos rasgue por dentro, porque rechazamos nuestra más profunda identidad. Rechazamos lo que nos sostiene en el ser y rechazamos al único que plenifica nuestra existencia. El pecado, digámoslo una vez más, es la más profunda contradicción, es negación de uno mismo al negar al Amor que me afirma.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3,17s).
Por ello, las palabras que Dios les dice a Adán y a Eva tras el pecado son un acto de amor (Gn 3,16-19). Las consecuencias del pecado nos recuerdan continuamente nuestra debilidad, que no somos dioses, que necesitamos un Salvador; son una llamada a la conversión. Cuando sentimos el suave centro divino convertido en hierro quebrantador, que estamos rotos como loza, cuando aún estamos a tiempo, demos gracias por sentir ese juicio divino y como mendigos pidamos su perdón.

Todos nuestros actos son definitorios, pero la muerte, además de definitoria de nuestra personalidad, es definitiva. ¿Qué será vivenciar eternamente el Amor como cetro de hierro quebrantador? ¿Qué será palparse eternamente como un jarro hecho añicos?

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