Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura y contempla el gozo que Dios te envía (Ba 5,5; 4,36).
Estas palabras del profeta suenan con una fuerza especial cuando va a comenzar la procesión para la comunión. Desde el "Orad, hermanos", previo a la oración sobre las ofrendas –aunque indebida y usualmente no se haga así–, los fieles han permanecido en pie, salvo en el momento de la consagración. Ahora hay una invitación dirigida a la asamblea a subir.
Aunque físicamente sea la procesión un caminar en llano, sin embargo, hay una llamada a subir a lo alto. Solamente podemos responder a ella si estamos en gracia, pues con nuestras fuerzas no podemos alcanzar a Dios. Cuando estamos en pecado lo que nos acerca a Él, en el sacramento de la penitencia, es el arrepentimiento. Ahí, también por regalo de Dios, hemos descendido, nos hemos humillados. Y ahora, en gracia, en el momento de la comunión, somos exaltados, se nos llama a subir a lo alto (cf. Mt 23,12).
Y subimos hacia el verdadero gozo que es Jesús. Subimos por gracia hacia Él, hacemos lo que no pudieron hacer con sus fuerzas los constructores de la torre de Babel (Gn 11); pero subiendo graciosamente vamos hacia un don, no a una conquista. Y un don, el cuerpo y la sangre de Cristo, en donde encontramos nuestra felicidad, pues en estar en unión a Él está nuestra plenitud. Y esta dicha es objeto de nuestra contemplación, no de nuestra avarienta apropiación.
Y la dicha contemplada, no aferrada, nos llevará al agradecimiento y la alabanza.
[Como he hecho referencia a las posturas durante la misa, sobre ello podéis ver los números 42-44 de la Ordenación General del Misal Romano. Lo que se dice ahí es lo que vale, no mis devociones privadas o las que otros me hayan inoculado. Celebramos lo que celebra la Iglesia y tal y como lo hace ella, no como se me ocurra o se le ocurra a alguien, por estupenda que sea la ocurrencia]
Aunque físicamente sea la procesión un caminar en llano, sin embargo, hay una llamada a subir a lo alto. Solamente podemos responder a ella si estamos en gracia, pues con nuestras fuerzas no podemos alcanzar a Dios. Cuando estamos en pecado lo que nos acerca a Él, en el sacramento de la penitencia, es el arrepentimiento. Ahí, también por regalo de Dios, hemos descendido, nos hemos humillados. Y ahora, en gracia, en el momento de la comunión, somos exaltados, se nos llama a subir a lo alto (cf. Mt 23,12).
Y subimos hacia el verdadero gozo que es Jesús. Subimos por gracia hacia Él, hacemos lo que no pudieron hacer con sus fuerzas los constructores de la torre de Babel (Gn 11); pero subiendo graciosamente vamos hacia un don, no a una conquista. Y un don, el cuerpo y la sangre de Cristo, en donde encontramos nuestra felicidad, pues en estar en unión a Él está nuestra plenitud. Y esta dicha es objeto de nuestra contemplación, no de nuestra avarienta apropiación.
Y la dicha contemplada, no aferrada, nos llevará al agradecimiento y la alabanza.
[Como he hecho referencia a las posturas durante la misa, sobre ello podéis ver los números 42-44 de la Ordenación General del Misal Romano. Lo que se dice ahí es lo que vale, no mis devociones privadas o las que otros me hayan inoculado. Celebramos lo que celebra la Iglesia y tal y como lo hace ella, no como se me ocurra o se le ocurra a alguien, por estupenda que sea la ocurrencia]
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).