
Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros (Is 7,14).
Este versículo del profeta, en el entorno eucarístico, nos invita a mirar que Aquél a quien vamos a recibir es Hijo de la Virgen-Madre. El cuerpo de Cristo es un cuerpo verdaderamente humano, nacido de una mujer. Lo mismo que su humanidad no era una simple apariencia, su presencia eucarística no es una metáfora o un símbolo.
Esa humanidad del Señor lo es plenamente. La profecía nos habla de que es un hombre, lo mismo que todos, en la historia. Y ésta lo es de salvación y está ritmada por las promesas de Dios y su cumplimiento. Al comulgar, lo hacemos con esa historia.
Pero la Virgen está encinta por obra del Espíritu Santo y a quien va a dar a luz es al Hijo eterno del Padre. En su seno, la segunda persona de la Trinidad ha unido hipostáticamente a su naturaleza divina, la humana. Su cuerpo va a ser inseparable del Verbo; ni siquiera en la muerte, aunque separado del alma humana en ese momento, lo estuvo del Hijo de Dios. Al recibir el cuerpo de Cristo, recibimos a Jesús entero.
La Virgen dará un nombre al recién nacido. Es una servidora que cumple el encargo recibido de Dios. Y, como nombre que viene de Él, no es algo superpuesto, no es un mero soplo de voz, no es huero. Ese cuerpo que recibimos en la comunión es Dios-con-nosotros. Esta antífona es una profecía que se cumplió y que se cumple para mí en cada celebración de la Eucaristía: Jesús está con nosotros.
Esa humanidad del Señor lo es plenamente. La profecía nos habla de que es un hombre, lo mismo que todos, en la historia. Y ésta lo es de salvación y está ritmada por las promesas de Dios y su cumplimiento. Al comulgar, lo hacemos con esa historia.
Pero la Virgen está encinta por obra del Espíritu Santo y a quien va a dar a luz es al Hijo eterno del Padre. En su seno, la segunda persona de la Trinidad ha unido hipostáticamente a su naturaleza divina, la humana. Su cuerpo va a ser inseparable del Verbo; ni siquiera en la muerte, aunque separado del alma humana en ese momento, lo estuvo del Hijo de Dios. Al recibir el cuerpo de Cristo, recibimos a Jesús entero.
La Virgen dará un nombre al recién nacido. Es una servidora que cumple el encargo recibido de Dios. Y, como nombre que viene de Él, no es algo superpuesto, no es un mero soplo de voz, no es huero. Ese cuerpo que recibimos en la comunión es Dios-con-nosotros. Esta antífona es una profecía que se cumplió y que se cumple para mí en cada celebración de la Eucaristía: Jesús está con nosotros.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).