La liturgia del día de Navidad es sumamente rica, pues tiene cuatro formularios distintos de misa para distintos momentos de la Solemnidad, cada uno de ellos con su correspondiente antífona de comunión. Las cuatro tienen en común la contemplación de Dios en la humanidad de Cristo, pero cada una presenta matices distintos. Centrémonos ahora en la de la misa vespertina de la vigilia.
No sólo conocer la gloria de la divinidad, sino también nuestra salvación, pues lo que contemplamos y comulgamos no es el Cuerpo y la Sangre de Cristo abstraídos de todo, sino el memorial del sacrificio redentor del Señor. María y José, los pastores y los magos de oriente contemplaron, aquel día, al que nació para morir. Nosotros contemplamos la oblación de su cuerpo hecha una vez para siempre (cf. Hb 10,10).
Sí, es ver, pero es más. Es también oír, la fracción del pan suena. Es tocar, bien al comulgar con la mano bien en la boca. Oler, especialmente cuando se sume el cáliz. Y gustar en la boca. Todo ello en fe. Los animales ven, oyen, tocan,... pero con un modo de enfrentamiento a la realidad muy pobre; lo hacen solamente de manera estimúlica. En virtud de la inteligencia, el hombre tiene un modo propio de enfrentamiento; cuando siente, siente realidad. Pero esto es insuficiente para contemplar la divinidad en la humanidad de Cristo. Gracias a la fe, tenemos el modo propio de enfrentamiento para la economía sacramental.
Y esa contemplación la hacemos juntos. Contemplamos en la asamblea eucarística, contemplamos el Cuerpo de Cristo en la comunión de su Cuerpo místico que es la Iglesia.
Se revelará la gloria del Señor, y todos los hombres juntos verán la salvación de nuestro Dios (Is 40,5).Lo mismo que a los testigos se les hizo manifiesta, en el recién nacido, sin dejar de ser trascendente a este mundo, la majestad divina, así a los fieles se revela también en las especies sacramentales la gloria de Dios. Aunque velado bajo la carne, a los presentes en Belén, por la fe, les era perceptible Dios regalándoles el conocimiento de su intimidad. A nosotros lo es bajo la apariencia de pan y de vino, pero también es en su sacratísima humanidad donde se nos manifiesta Dios.
No sólo conocer la gloria de la divinidad, sino también nuestra salvación, pues lo que contemplamos y comulgamos no es el Cuerpo y la Sangre de Cristo abstraídos de todo, sino el memorial del sacrificio redentor del Señor. María y José, los pastores y los magos de oriente contemplaron, aquel día, al que nació para morir. Nosotros contemplamos la oblación de su cuerpo hecha una vez para siempre (cf. Hb 10,10).
Sí, es ver, pero es más. Es también oír, la fracción del pan suena. Es tocar, bien al comulgar con la mano bien en la boca. Oler, especialmente cuando se sume el cáliz. Y gustar en la boca. Todo ello en fe. Los animales ven, oyen, tocan,... pero con un modo de enfrentamiento a la realidad muy pobre; lo hacen solamente de manera estimúlica. En virtud de la inteligencia, el hombre tiene un modo propio de enfrentamiento; cuando siente, siente realidad. Pero esto es insuficiente para contemplar la divinidad en la humanidad de Cristo. Gracias a la fe, tenemos el modo propio de enfrentamiento para la economía sacramental.
Y esa contemplación la hacemos juntos. Contemplamos en la asamblea eucarística, contemplamos el Cuerpo de Cristo en la comunión de su Cuerpo místico que es la Iglesia.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).