Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre traidor y malvado. Tú eres mi Dios y protector (Sal 43(42),1s).La antífona de entrada de este domingo de cuaresma nos invita a una actitud de profunda humildad. ¿Solamente porque empezamos con el salmista pidiendo ayuda a Dios? Ciertamente partir de la necesidad de auxilio, del reconocimiento de la incapacidad, tiene que ver con la humildad. Pero no es suficiente. ¿En qué soy débil? ¿Qué pido? ¿En virtud de qué y para qué?
Comienza pidiendo justicia a Dios. ¿Puede pedir el pecador justicia o no tendrá más bien que pedir misericordia? ¿Y en qué sostener la petición? Ciertamente no apoyándome en las obras de la ley, en lo que yo pueda hacer con mis capacidades meramente naturales. Y además el versículo habla de defender la propia causa. ¿Qué causa? ¿Mis planes, mis intereses, mis proyectos, lo que a mí se me antoje?
Solamente cuando por gracia la causa de Jesús, es decir, la voluntad del Padre, la hemos hecho nuestra, entonces mis adversarios, el hombre traidor y malvado, son los mismos que los de Cristo, pues mi vida se ha hecho un estar en la Cruz con Él. Desde ahí puedo pedir a Dios justicia, la que frente al veredicto de los hombres resucitó a Jesús de entre los muertos.
Al comenzar la Eucaristía, estos versículos nos hacen recordar que vamos a celebrar el memorial del misterio pascual del Señor y que entrar en comunión con él es hacernos partícipes de sus padecimientos. Ahí está la radical humildad, estar en la indigencia de Cristo en la Cruz, lo que solamente es posible como don. Pedirle justicia a Dios protector es ponernos en sus manos desde la Cruz del Señor.
Y Jesús murió por quienes lo persiguieron, también, por tanto, por mí, para que yo pudiera estar algún día con Él en la Cruz, muriendo para los perseguidores.
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