Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos (Is 66,10s).La primera palabra de esta antífona, en su traducción al latín, da nombre a este cuarto domingo de Cuaresma: Laetare. Este comienzo de la celebración así como otros elementos -el uso de las flores, la música, el color rosa si se usa- invitan a los fieles al gozo y la alegría.
Cuando llevamos mediado el camino cuaresmal, la penitencia puede resultar pesada y este toque de alegría es un gesto de ternura de Dios que nos quiere recordar que Él siempre aligera nuestra carga y que la pena no tiene la última palabra, sino la gloria. Claro que, siendo un poco sinceros, esta antífona podría tener para muchos un significado de signo contrario. Si no he hecho penitencia, si no necesito que me la alivie la ternura de Dios, pues no he dado lugar a que pueda parecerme insoportable, esta invitación a la fiesta podría ser un recordatorio para comenzar el camino penitencial demorado en exceso. La penitencia es hermosa, aunque solamente sea porque nos hace palpar nuestra debilidad; ésta es una deliciosa escuela de humildad que despierta nuestro deseo de salvación. Pero vayamos a la antífona.
Isaías nos invita a una alegría por un motivo concreto; la celebración eucarística es fiesta por la salvación. En nuestro caso concreto, teniendo de trasfondo toda la experiencia del destierro babilónico por la infidelidad del pueblo de Israel, la alegría, a la luz de Cristo, es por el rescate de un pueblo que va más allá del retorno a una tierra y el engrandecimiento de está, y es mucho más que el rescate de un nación sola y la reconstrucción y esplendor de una ciudad.
Del misterio pascual, a cuya celebración nos acercamos, forma parte el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, en cuyo embrión inicial está un resto de Israel: la única que ha permanecido siempre fiel, María -la que con plenitud puede ser llamada resto-, los Doce y el pequeño grupo de discípulos. La ciudad destruida por los babilonios encuentra una reconstrucción inesperada. Ha nacido la Iglesia, como nueva Eva, del costado abierto del nuevo Adán dormido con su cabeza recostada sobre el árbol de la Cruz. Un nuevo pueblo de Dios que no nace de la nada, pues es recreación del antiguo sin que éste quede negado y es más dilatado pues se abre a todas las naciones. La redención es de los hombres en todo lo que son, por tanto, también en su dimensión social.
Esto es motivo de inmensa alegría. Nuestro gozo lo es con todo el pueblo de Dios. Y la Eucaristía es el lugar donde con mayor patencia se muestra este pueblo de Dios: nace de la Eucaristía, vive de ella y su vida es celebrarla, pues la vida del hombre está en alabar a Dios, en estar en comunión con Él, en participar de la Cruz del Señor. El consuelo de la Iglesia es la Eucaristía y los que penitentes lloraron por el destierro, no simplemente de Babilonia, sino del Paraíso por el pecado, sacian su hambre de gozo divino en la riqueza de la Iglesia que es la Pascua del Señor.
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