Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán "los hijos de Dios". Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,9s).La Eucaristía es el Cielo en La Tierra y, por ello, es espacio de dicha y bienaventuranza. Es momento de encuentro con el feliz Jesucristo, nuestro único gozo. En ella, nos encontramos con la verdad de las bienaventuranzas y vivimos anticipadamente lo que ellas serán por toda la eternidad.
Contemplamos a nuestro modelo de felicidad, que se nos hace presente. Jesús es el que ha trabajado por la verdadera paz, es decir, por la reconciliación de lo que había dividido el pecado. Ha devuelto la paz entre el hombre y Dios, del hombre con los hombres, con el resto de la creación y consigo mismo. Él es el Hijo de Dios y, tras llevar a cabo la obra reconciliadora de la Cruz, está sentado a la derecha del Padre.
Jesús es el perseguido por causa de la justicia. Es el sumamente inocente que ha muerto "in-justiciado" en la Cruz por hacer la voluntad del Padre, por serle en todo obediente. Y es el que, tras recibir el no de los hombres, que es la negación de Dios pues lo es de la justicia que Él traía, ha sido entronizado y, como Rey eterno, gobierna el universo.
Pero, en la Eucaristía, no solamente cobran actualidad, se hacen presentes, estos misterios de la dicha de Cristo. Es que esa bienaventuranza ahí se nos brinda. De modo que es para los pacificantes y los perseguidos por el nombre de Jesús. Estar reconciliados, anunciar la reconciliación de Dios y obrarla; buscar en todo el Reino de Dios y su justicia son preparación y disposición adecuadas para la comunión.
Y es la participación en el misterio pascual la que hace posible que trabajemos por la paz y la justicia. De modo que la vida de gracia es como una creciente espiral. Jesús nos introduce en su reconciliación y nos da el deseo de la justicia divina y, en cuanto lo secundamos, así con Él comulgamos y, en la medida que entramos en comunión con Él, así crecemos en reconciliación y justicia. Pues recibirlo es unirnos a Él; y caminar hacia la comunión, ¿qué es sino buscarle a Él, justicia de Dios?
De modo que, en la Eucaristía, encontramos la dicha de ir creciendo en la filiación divina recibida en el bautismo, en el que fuimos reconciliados con Dios. Y, en ella, se va dilatando nuestra participación en el Reino de Dios del que entramos a formar parte en el bautismo, en el cual, al acercarnos a sus aguas, rechazábamos a Satanás y nos adheríamos a la justicia de Dios al profesar la fe en Él.
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