viernes, 20 de agosto de 2010

Antífona de entrada TO-XXI / Sal 86(85),1ss


Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo, que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día (Sal 86(85),1ss).
La celebración es un diálogo entre Dios y su pueblo. En toda conversación, no es solamente necesario que se hable, sino también que se escuche. Si nosotros entramos en conversación con Él, es porque ha tomado la iniciativa. Aunque, en principio, no tengamos por qué pretender que nos escuche y nos hable, a la celebración de la Eucaristía acudimos esperanzados, pues ha sido Él quien nos ha invitado ha conversar, a dialogar con Él.

Y también nos enseña a hacerlo. El se muestra como el que dialoga con el hombre. Qué estremecedor es escucharle, por ministerio del ninfagogo del salmo 45, decirnos: "Escucha, hija, mira: inclina el oído" (Sal 45,10). Invitándonos a escuchar, nos enseña a situarnos en actitud de diálogo con Él, a pedirle que nos escuche, a saber que no podemos imponerle nuestras palabras.

Por la escucha, comenzamos a responderle a Dios, pues lo primero que nos pide es que le prestemos atención. De la escucha, nace el seguimiento y la obediencia a su palabra, es la fuente de lo demás. Cuando Jesús es preguntado por el primer mandamiento, nos recuerda el paso del Deuteronomio conocido como el Shemá (Escucha):
Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. [...] (Dt 6,4-7).
Y a Dios le pedimos que nos escuche y le decimos que tenga piedad de nosotros. Le hemos escuchado como Señor y esto nos ha enseñado la humildad y el reconocer su grandeza, que Él es quien nos puede salvar. El entrar en diálogo con Dios, como respuesta a su invitación, es la escuela de la verdadera piedad. Nos hemos situado en la debilidad que somos, ante el más fuerte y misericordioso.

Y le pedimos una palabra de respuesta, a nosotros que hemos aprendido de Jesús a orar ininterrumpidamente: que tenga piedad de nosotros. Y su palabra de respuesta es su Logos eterno que se entrega en la Cruz. La Eucaristía es lo que Dios nos da en este diálogo de amor que quiere mantener con nosotros.

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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).