Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan (Sal 86(85), 3.5).
Como en tantas otras antífonas, en ésta encontramos claramente resaltados los dos polos de la celebración, que son también los de la vida. Por una parte, Dios, pleno de bondad y misericordia; por otra, el creyente, miserable pecador y necesitado de la clemencia divina.
Entre estas dos orillas, hay un puente tendido por Dios al descubrirle al hombre su situación y, a la par, el amor que Él le tiene. Pero el hombre tiene que recorrerlo, ir al otro lado, pero no tiene fuerzas suficientes para llegar allí; en un primer momento, sólo tiene el aliento recibido para pedir.
El salmista ora incesantemente. No lo hace solamente en alguna ocasión o muchas veces o casi siempre. Su oración es sin intermisión, todo el día, a la luz del Sol y de la Luna, tal y como nos enseña y manda el apóstol: "Orad sin cesar" (1Tes 5,17). Ésta es una de las cuestiones en torno a la cuales se desarrolló la espiritualidad cristiana en los primero siglos de la Iglesia.
Esta oración incesante, como nos indica la antífona, es la preparación adecuada para la Eucaristía. Mas también es un camino en la vida y, por ello, mientras no hayamos llegado al orationis status, nuestra disposición para la celebración tendrá que ser estar aparejándonos para esa oración ininterrumpida. El creyente debe determinarse y progresar decididamente hacia el estado de oración, purificando su corazón de toda afección desordenada, abriendo su atención a lo infinito y eterno, a Dios.
Y es que la espiritualidad del creyente no es sino el desarrollo y crecimiento de la vida recibida en el bautismo.
Entre estas dos orillas, hay un puente tendido por Dios al descubrirle al hombre su situación y, a la par, el amor que Él le tiene. Pero el hombre tiene que recorrerlo, ir al otro lado, pero no tiene fuerzas suficientes para llegar allí; en un primer momento, sólo tiene el aliento recibido para pedir.
El salmista ora incesantemente. No lo hace solamente en alguna ocasión o muchas veces o casi siempre. Su oración es sin intermisión, todo el día, a la luz del Sol y de la Luna, tal y como nos enseña y manda el apóstol: "Orad sin cesar" (1Tes 5,17). Ésta es una de las cuestiones en torno a la cuales se desarrolló la espiritualidad cristiana en los primero siglos de la Iglesia.
Esta oración incesante, como nos indica la antífona, es la preparación adecuada para la Eucaristía. Mas también es un camino en la vida y, por ello, mientras no hayamos llegado al orationis status, nuestra disposición para la celebración tendrá que ser estar aparejándonos para esa oración ininterrumpida. El creyente debe determinarse y progresar decididamente hacia el estado de oración, purificando su corazón de toda afección desordenada, abriendo su atención a lo infinito y eterno, a Dios.
Y es que la espiritualidad del creyente no es sino el desarrollo y crecimiento de la vida recibida en el bautismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Os animo a enviar vuestros comentarios. Por favor, tened en cuenta que:
- El autor del blog se reserva el derecho de borrar total o parcialmente los comentarios que considere inaceptables, ya sea por no ajustarse al tema de la entrada publicada, por contravenir la Política de contenido de Blogger o por otros motivos.
- Si quieres incluir un enlace que contribuya a enriquecer el tema, es imprescindible que lo acompañe una breve descripción o resumen de su contenido.
- Se podrán bloquear todos los comentarios de un visitante que suplante a otra persona o reiteradamente infrinja las normas.
- Si se desea hacer un comentario sólo para el autor del blog y que no se publique, basta con indicarlo en el texto del mismo.
- Los comentarios no se publican automáticamente. El tiempo de demora no se puede predeterminar ya que en este blog siempre serán moderados previamente.
Quizás sea bueno que todos, antes de participar, consideraramos esto:
"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).