Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu Rey que viene, el Santo, el Salvador del mundo (cf. Zac 9,9).
Con frecuencia aparece este texto en las fiestas marianas. Para María, es su alegría la concepción de su Hijo, en la que viene su Rey, el Santo, el Salvador, a su seno. Este sabor de Encarnación resuena hoy en el momento de la comunión.
Pero también las almas de los bautizados son hijas de Jerusalén, de la Iglesia. Hay una llamada ahora a la alegría desbordada en canto para quienes van a comulgar en la madrugada del día de Navidad. El ministro de la comunión, desde el altar, se acerca y nosotros ciertamente caminamos hacia él, sin embargo hay una realidad más profunda. Si el ministro viene es porque el Sumo Sacerdote y la Víctima es el que viene y quien se acerca es el que me mueve hacia Él; solamente secundamos su iniciativa.
Su venir me atrae, mas no simplemente desde fuera; su atracción siendo desde Él también es impulso desde mí. Hay cosas que atraen, otras que empujan. Jesús a la par atrae e impulsa, es para-qué atractivo y porqué impulsivo. Belleza sin parangón.
El que viene es el Rey, el Santo, el Salvador. Desde el memorial del misterio Pascual, desde la presencia eucarística, Jesús ejerce su soberanía, manifiesta su divinidad y realiza el misterio divino de nuestra salvación. Y, en su atracción, somos movidos a contemplar, bajo la modestísima apariencia de pan, al Rey que vino a Belén y que viene ahora entregándose como alimento divino y salvador.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).