[La ilustración de hoy la cede el otro hijo de la lectora de ayer]viernes, 21 de enero de 2011
De dioses y hombres
[La ilustración de hoy la cede el otro hijo de la lectora de ayer]2 comentarios:
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Quizás sea bueno que todos, antes de participar, consideraramos esto:
"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).
Hemos visto por fin la película el viernes pasado. No nos defraudó, es sobrecogedora. No puedo añadir mucho más a la estupenda glosa que comento, sino insistir en algunos aspectos: se trata sin duda de una película sobre la oración, la fuerza y el poder de la oración, pero también sobre la oración como primer remedio a los males y como presencia en la vida diaria. La comunidad está a punto de sufrir una gran crisis ante el peligro que acecha, y es la oración la que logra mantenerla unida, más todavía que el sentido del deber hacia los habitantes del pequeño pueblo cercano al monasterio. Es un matiz importante.
ResponderEliminarCoincido en lo importante que hubiera sido subtitular las oraciones, para que el espectador que no comprenda el francés pueda leerlas en español.
Estéticamente, parece por momentos un tratado de pintura española. Hay primeros planos de los monjes que parecen la recreación de algunos personajes de Velázquez o de Zurbarán.
Hay una cena, tremendamente emotiva, que viene a ser una recreación o al menos una alusión a la Última Cena me parece. Cristo está presente aunque no aparece en pantalla (no se le representa por medio de un actor), y los monjes pueden recordar a los apóstoles. Sólo son nueve y no hay Judas, pero ya están vendidos y vendrán a buscarlos durante la noche. Tal vez la comunidad al completo, los nueve juntos, simbolice en esa escena a Cristo. Espero no estar diciendo nada inconveniente.
Y lo más extraordinario sea quizá esa cotidianeidad, esa normalidad del día a día, la naturalidad con que la oración está presente, y también la naturalidad con que se recrea el paso de la vida, el paso de los días, sencillos, banales, pero magníficos por la presencia de un Dios cotidiano y cercano.
Lo de la última cena está muy bien visto. Está reforzado por el morado previo de la estola que anuncia la Semana Santa. Además la música que pone uno de ellos es el Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. La música sin letra, música antes de morir, pero ese último canto no necesita palabras porque ahora lo que hablarán serán los hechos, la muerte.
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