sábado, 24 de diciembre de 2011

Verificación de la llamada (RB Pról. 14-21) - VII


Y S. Benito se pregunta: «¿Qué hay para nosotros, hermanos carísimos, más dulce que esta voz del Señor que nos invita?».  En su Proslogion, dice S. Anselmo que creemos que Dios es aquello mayor de lo cual nada podemos pensar. Y la llamada divina, las mociones del Santo Espíritu, tienen también un sabor inconfundible con cualquier otra cosa.

Lejos de situarse en un problema de esgrima racional, el maestro-padre nos pone aquí en un ámbito de discernimiento distinto, en el del sabor, en el de la sabiduría. El que quiere seguir a Cristo va a tener que ser un maestro en el arte del conocimiento de su voluntad, pues la invitación inicial que se le ha hecho no lo es sino a ir eligiendo en todo momento esa misma voluntad en lo concreto de la vida, en cada situación que demande de nosotros una respuesta.

Ciertamente no todas las decisiones van a ser del mismo cariz. Unas están inscritas en otras más importantes y las ramas más gruesas están unidas al común tronco, a la decisión fundamental, la de dejarlo todo y seguir a Cristo.

La certeza vital que deja la llamada, ese suave sabor, esa paz, queda como un subsuelo sobre el que vivimos. Sobre él, está la vida –la de padre o madre, la de monje, la de presbítero,...– como suelo en el que van teniendo lugar las pequeñas llamadas y opciones. Y el lenguaje divino que se nos da en la desolación y consolación espirituales tiene siempre ese trasfondo primigenio del sabor del primer y radical primer encuentro, con el que todo lo demás tiene que estar en armonía; lo disonante no será de Dios.

Comenzar a caminar es empezar a familiarizarse con ese lenguaje divino, el maestro espiritual habrá de enseñarnos a conocerlo: «He aquí al Señor, en su paternal ternura, mostrándonos el camino de la vida».

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