S. Benito no es el primero que haya prestado atención a las distintas clases de monjes, ya lo hicieron Casiano, S. Jerónimo, S. Agustín,... Ni tampoco podemos decir que sea exhaustivo o de un extraordinario rigor histórico. Ser original o buen catalogador no es algo que esté en el centro de su atención. Lo que le importa es ir perfilando el tipo de monje en el que se va a centrar el resto de la Regla.
El capítulo, tras una frase introductora, aparece claramente organizado en dos partes, los buenos monjes y los falsos, y una conclusión. El tono en uno y otro caso es distinto. En la primera tabla del díptico la sobriedad descriptiva está aderezada con un léxico en el que destaca la terminología guerrera, con la que el lector fácilmente encuentra vinculados a los cenobitas y ermitaños con el prólogo recién concluido. En la última bina, el autor se explaya algo más, aunque sin excesos retóricos, e implacablemente califica a los impostores que, por la ausencia de rasgos marciales, también quedan desvinculados de las páginas anteriores.
Sin embargo, la cercanía en el texto de unos y otros hace que los indeseables cumplan una función que va más allá de ser descartados no sólo por el autor, sino también por el lector. Todos sirven para ir dibujando los rasgos monásticos que, con el paso de los capítulos, se irán desarrollando, pero que, ante todo, habrán de alcanzar madurez en quien quiera seguir esta vía monástica y en la comunidad de que forme parte.
El autor de la Regla no sólo ha emparejado por autenticidad o no a los monjes, sino que también ha establecido un juego de antagonismo entre cenobitas y sarabaítas, entre eremitas y giróvagos. Y todos ellos al servicio del género monástico más brevemente, en primera apariencia, descrito: el monasterial, aquél que sirve bajo una regla y un abad. Todo lo que venga después en este librito no será sino una explanación de esta breve frase.
Pero antes, el lector va a encontrar, en este juego de parejas, una primera aproximación a qué sea un cenobita.
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