jueves, 14 de septiembre de 2017

Converso


En la magnífica Solaris (1972) de Andrei Tarkovsky, Kris Kelvin realiza un viaje a un lejano planeta que va más allá de una simple expedición científica, pues el misterio con que se encuentra no solamente no puede ser dominado por la razón humana, sino que también el contacto con él lo va transformando conforme va adquiriendo un nuevo conocimiento de sí y de sus deseos. Una pieza al órgano de J. S. Bach recurrentemente va acompañando toda la cinta.

En Converso (2017), su director David Arratibel emprende también un viaje heurístico hacia un misterio, el de su familia, que inesperadamente y en cascada se ha ido convirtiendo al catolicismo. Ante el espectador, el “yo converso con los conversos” va abriendo un ámbito de encuentro, de respectividades y respeto, no solamente entre ellos, sino también para quien vea este documental. Un espacio para escuchar esa rareza, para nuestra sociedad, de creer vivamente, no simplemente de vivir unas prácticas religiosas o de moverse en la inercia histórica de una confesión. Pero también un espacio para que tantos conversos se sientan escuchados, se vean reflejados y respetados en una pantalla y también todos aquellos que, como Samuel, vivieron desde pequeños en la casa de Dios.

Aunque el documental también podrá ser ocasión,  para algún no creyente y alguno que se considere creyente, de incomodidad, incluso de desazón y rechazo. Seguramente porque se vean fuera de ese espacio de mutuas donaciones, en el que unos dan su escucha, a riesgo de verse transformados, y otros abren la intimidad del encuentro con el Dios vivo y verdadero en Jesucristo.

En los primeros compases, a modo de atrio, las manos de las sobrinas de Arratibel tapan el objetivo de la cámara que trata de captar, en pequeños detalles de la casa de su hermana, un misterio vivido. El pudor espiritual, como queda de manifiesto en la charla con la hermana pequeña, va a estar presente a lo largo de toda la película. Y el director, aunque quiere levantar el velo que vela, con gran delicadeza lo hace escuchando serenamente, dejando que el otro, uno a uno, se le vaya dando.

Estas conversaciones se desarrollan entre dos grandes inclusiones. Mientras un plano se centra en un fresco de Dios Padre, una llamada telefónica no encuentra respuesta; al final, con un fundido casi en negro, la llamada de teléfono encuentra respuesta en la voz de la tía. Después de des-cubrir los tubos de un órgano, en el que soplará el viento musical, referencia permanente del Espíritu Santo, los organeros lo irán ensamblando para que el cuñado organista lo toque y nos toque con su relato; al término del camino, el director y los conversos –cuñado, hermana mayor, madre y hermana menor– cantan juntos el O Magnum Mysterium de T. L. de Victoria, aunque al final aún uno confiese que no entiende la letra.


Entremedias, coversaciones frescas, sinceras, profundas, abiertamente amorosas. Y en el centro, como eje de todo, un plano silencioso y en penumbra del interior de la iglesia del Monasterio de La Oliva.

1 comentario:

  1. Muchas gracias. No pude ir a verla ayer al CEU, en donde se pre-estrenaba. Esta reseña aumenta mis ganas de verla.

    Gracias por volver.

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