A pesar de la persecución, Jesús hablaba abiertamente en Jerusalén. Nosotros no podemos ahora, por el confinamiento en el hogar, hablar en medio de una multitud como la que se congregaba, en aquel entonces, al principio del otoño para celebrar la fiesta de las Tiendas (סוכות, sukkōt), pero contamos con muchos medios, que hasta hace poco no había, para poder hablar abiertamente, "en-red-ados" socialmente.
En este tiempo, en que están pasando cosas tan terribles, no podemos callar. No solamente tenemos que dar una palabra de consuelo al que sufre o un consejo al que duda en medio de una decisión difícil, tenemos que leer, a la luz del Evangelio, lo que está ocurriendo y hablar.
Hablar abiertamente supone no autocensurarse, no dejarse maniatar o "boquiatar" por el miedo. Pero hablar abiertamente no significa soltar lo primero que se me ocurre o antoja, hablar abiertamente no es hacer de la boca un vehículo para descargar la ira y hacer daño a los demás o que sea excusa para dejar a la envidia campar a sus anchas.
Hablar abiertamente es una responsabilidad, porque tenemos que dar una respuesta a tantas interrogantes que se nos abren ahora en todos los órdenes de la vida, desde el personal hasta el político y geo-estratétigo, y porque tenemos que darla no frívolamente, sino responsablemente.
Esa responsabilidad nos tiene que llevar, en la medida de nuestras posibilidades y capacidad, a informarnos, a reflexionar, a meditar, tanto en el sentido intelectivo como oracional, a contrastar con otros y a dar información veraz o nuestra opinión ponderada, sabiendo distinguir lo uno de lo otros.
Hablar abiertamente a la hora de dar nuestra opinión requiere tener la humildad de saber que es solamente eso, nuestra opinión y que, por tanto, puede estar equivocada y ha de rectificarse llegado el caso.
Hablemos abiertamente y a tiempo. El amor pasa también por ahí, por ayudar a sacar adelante un momento de urgencia sanitaria, sacar adelante una muy grave crisis económica, ordenar un futuro social incierto, clarificar hacia dónde tiene que orientarse la política, corregir errores de nuestros dirigentes y prevenir cualquier torpeza o tentación de los actores políticos.
Hablemos abiertamente... y también oigamos.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).