lunes, 30 de marzo de 2020

Jn 8,1-11. ¿Hay que apedrear a alguien?






1Por su parte, Jesús se retiró al monte de los Olivos. 2Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. 3Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, 4le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». 6Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. 7Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». 8E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. 9Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. 10Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». 11Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


¿Quién no es culpable de algo?

Estamos en tiempos muy difíciles, en los que se va cargando la tensión por la incertidumbre del contagio, por la situación del familiar enfermo, por la muerte del ser querido, por el temor ante la situación económica y social de inmediato futuro,... Toda esta tensión, si bien creciente, está siendo contenida, en buena medida, por la situación de confinamiento. Desgraciadamente también es cierto que habrá quienes se conviertan en víctimas dentro de sus casas sobre las que descargar la violencia. Pero la contención, aunque retenga de momento, también hace subir la presión en la olla.

Esta tensión contenida, si fuera bien encauzada por unos gobernantes eficientes, podría ser una energía que ayudara a poder sacar adelante esta tremenda situación. Unos dirigentes con verdaderas dotes de liderazgo son capaces, incluso en las peores circunstancias, de conducir al pueblo al que han de servir. Pero la percepción de la falta de previsión, la improvisación que no hace sino poner de manifiesto que había poco preparado, la torpeza a la hora de tomar decisiones sobre la marcha, etc., no hacen sino aumentar aún más esa tensión.

Toda esta tensión y violencia retenidas tenderán a incrementarse cuando pase la crisis propiamente sanitaria. Entonces nos encontraremos con gran número de cierres de empresa, centenares de miles de parados, actividades económicas reducidas a su mínima expresión, un Estado exhausto financieramente y sin capacidad para dar una respuesta a la altura; con unas generaciones jóvenes que irán perdiendo la expectativa de tener una vida al menos como la de sus padres y creciendo en ellas la convicción de que  será más pobre, que mucho de lo que fue como natural para ellas pasará a ser solamente un recuerdo; con muchos conciudadanos con el dolor de haber perdido a alguien; acaso también con una situación política en la que algunos tendrán la tentación de mermar nuestras libertades; con una situación geopolítica distinta e incierta, en la que el mundo surgido después de la última de las guerras mundiales habrá desaparecido y pese sobre todos la posibilidad de que la hegemonía la tenga una potencia tiránica.

Entonces, en algún momento, la violencia podrá estallar. Y, como tantas veces en la historia, se encontrará un chivo expiatorio al que apedrear, sobre el cual descargar la rabia. Ese puede ser cualquier grupo social o persona de alguna relevancia, pues en todos se puede encontrar bien una culpa bien alguna responsabilidad no inmaculadamente sostenida. ¿Qué o quién será nuestra mujer adúltera? ¿Hay ya quien esté empezando a señalar a alguna?

Recojamos las piedras, pero no para descargar la violencia, sino para renunciar a la agresión. Usemos nuestra energía para que dé un giro el rumbo errático que llevamos y poder sacar a flote la barca que zozobra.

Jesús, el único sin culpa, no condenó a aquella mujer y la invitó a cambiar. Tiempo después, toda la violencia, todo el mal del mundo descargaron sobre Él.


@GlosasM

1 comentario:

  1. "Recojamos las piedras, pero no para descargar la violencia, sino para renunciar a la agresión".

    Sí. Es el momento de recoger las piedras que podríamos arrojar y esconderlas donde no las alcancemos. No es tiempo de andar buscando pelea, sino de leer lo que el dedo del Maestro escribe en este polvo nuestro, flojo y mortal.

    Que Dios lo bendiga, don Alfonso.

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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).