María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones».
He preferido titular esta estación no como lo hace el Via Lucis propuesto por la Conferencia Episcopal Española, sino como hace S. Ignacio de Loyola, al comentar el primero de los misterios de la vida de Jesús tras su resurrección. S. Ignacio, conforme a devociones de su tiempo, consideraba que Cristo a quien primero se había aparecido tras su Resurrección fue a su Madre.
Y así lo comenta en el nº 299 de su libro de Ejercicios Espirituales: «Apareció a la Virgen María; lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: "¿También vosotros estáis sin entendimiento?"».
Nada hay en la Escritura ni que niegue ni que afirme que Jesús se apareciera a la Virgen. Pero sí sabemos que su Hijo murió y resucitó por ella y que, en virtud del misterio pascual del Señor, fue preservada de la mancha del pecado original. Y creo que también podemos asegurar sin duda alguna que la noticia de la victoria de Jesús le llenaría el corazón de dicha: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».
¿Le privaría su Hijo de una de las bienaventuranzas del Nuevo Testamento: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29)? ¿Le privaría de la dicha de que viera su Cuerpo glorioso antes de la Ascensión? No son incompatibles. ¿Y si quiso Dios que todo eso, como tantas cosas de la relación entre Jesús y María en Nazaret, quedara en el silencio?
Podemos anunciar la Resurrección del Señor, debemos, pero muchas cosas de nuestro encuentro con Jesús quedarán entre Él y nosotros.
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