9Resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. 10Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. 11Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. 12Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. 13También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. 14Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. 15Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
La pandemia nos está golpeando fuertemente. Las noticias que nos llegan por los medios de comunicación, lo que ocurre a nuestro alrededor, el sufrimiento de nuestros seres queridos, las muertes silenciadas, la creciente preocupación ante la incertidumbre económica y política, nos están preguntando y poniendo en cuestión nuestro mundo.
Los discípulos estaban de duelo y llorando, alguien muy querido y en quien habían creído había muerto y, con su muerte, lo que habían proyectado e imaginado, las seguridades que creían tener, todo se había venido abajo.
En esa situación, el anuncio de la resurrección de Jesús no acaban de creerlo. Era demasiada novedad y, por ello, también una gran ruptura. Lo que les estaban contando no era el anuncio de que aquello que veían que se había venido abajo se había restaurado, sino que, por el contrario, la resurrección de Jesús era la confirmación de su destrucción.
La novedad de la victoria sobre la muerte era el desmantelamiento no solo de sus proyectos, sino de todo mundo conocido. Sus proyectos, lo que habían imaginado a partir de lo que habían vivido de Jesús, en realidad era solamente parte de ese mundo; en buena medida habían metido el vino nuevo de Cristo en odres viejos. Creer en la resurrección era creer que todo era pasado y pasar a una novedad absoluta supone pasar por una desnudez total de lo viejo.
La visión de Jesús es lo que les da el empujón final, porque le da contenido a los anuncios que han recibido. Desde la novedad, apoyados en ella, es posible caminar hacia adelante, dando la espalda a lo pasado y viejo.
En los reiterados mazazos que estamos recibiendo, también nos llegan palabras que nos anuncia la resurrección de Cristo. Nosotros, que también estamos en duelo y lloro, recibidos anuncios de que Jesús ha resucitado en hechos y palabras de distintas personas. Acaso necesitemos el empujón final de Jesús, que le dé contenido a lo que nos están diciendo para que podamos deshacernos de una vez por todas de los odres viejos rotos y así recibir el vino nuevo en los nuevos que somos cada uno de nosotros transformados por la gloria del Resucitado.
En esa situación, el anuncio de la resurrección de Jesús no acaban de creerlo. Era demasiada novedad y, por ello, también una gran ruptura. Lo que les estaban contando no era el anuncio de que aquello que veían que se había venido abajo se había restaurado, sino que, por el contrario, la resurrección de Jesús era la confirmación de su destrucción.
La novedad de la victoria sobre la muerte era el desmantelamiento no solo de sus proyectos, sino de todo mundo conocido. Sus proyectos, lo que habían imaginado a partir de lo que habían vivido de Jesús, en realidad era solamente parte de ese mundo; en buena medida habían metido el vino nuevo de Cristo en odres viejos. Creer en la resurrección era creer que todo era pasado y pasar a una novedad absoluta supone pasar por una desnudez total de lo viejo.
La visión de Jesús es lo que les da el empujón final, porque le da contenido a los anuncios que han recibido. Desde la novedad, apoyados en ella, es posible caminar hacia adelante, dando la espalda a lo pasado y viejo.
En los reiterados mazazos que estamos recibiendo, también nos llegan palabras que nos anuncia la resurrección de Cristo. Nosotros, que también estamos en duelo y lloro, recibidos anuncios de que Jesús ha resucitado en hechos y palabras de distintas personas. Acaso necesitemos el empujón final de Jesús, que le dé contenido a lo que nos están diciendo para que podamos deshacernos de una vez por todas de los odres viejos rotos y así recibir el vino nuevo en los nuevos que somos cada uno de nosotros transformados por la gloria del Resucitado.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).