8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. 9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. 10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 11Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. 12Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, 13encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. 14Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros». 15Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy. 16Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. 18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Las mujeres se van del sepulcro llenas a la par de miedo y de alegría. A pesar de la noticia recibida, la alegría tarde en hacerse paso e imperar totalmente desalojando el miedo. Necesitan que Jesús, al salirles al paso les diga: «Alegraos». Y también escuchar de nuevo: «No temáis».
La alegría, la dicha, el gozo... nos llenan cuando el bien deseado finalmente lo tenemos. Por el contrario, el sufrimiento se apodera de nosotros cuando lo perdemos. Mayor es la alegría cuanto mayor sea nuestro querer a un bien, más profunda cuanto mayor y más plenificante lo sea. A la inversa ocurre con el sufrimiento.
En la vida, lo normal es que no haya situaciones en estado puro. Ganamos unas cosas a la par que perdemos otras. Y, por otra parte, como somos seres históricos todo lleva un proceso.
Esta celebración de la Pascua nos toca vivirla con una gran cantidad de sentimientos enfrentados. Miedos a un virus, a algo que ni siquiera podemos ver venir y que puede y está afectando a nuestra vida de muchas maneras. Sufrimientos varios, algunos profundos e intensos: sufrimiento por el hijo enfermo, por la madre anciana, por la persona amada que ha muerto, sufrimiento por el trabajo perdido, sufrimiento por impotencia, por querer hacer más y no poder,...
Y, en medio de todo esto, un año más, pero cada año como si la última vez fuera y, al tiempo, la última, nos llega el anuncio de la resurrección de Cristo. Alegría para las mujeres porque el ser querido ha vencido a la muerte y glorioso vive para siempre, pero alegría también por ellas, porque la resurrección de Jesús es la esperanza de la suya propia.
Bien máximamente deseable, bien máximamente plenificante. Pero que me llega en medio de mis sufrimientos, acaso con un no muy grande querer. Una noticia que con sencillez quiere abrirse paso en nuestras vidas, que suavemente llama a nuestra puerta, que una y otra vez nos dice que nos alegremos, que no temamos.
Alegría que no niega nuestro sufrimiento, pero que en ella los aloja y les da sentido. Alegría plenificante que quiere llenar nuestra vida.
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