Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Sólo once de los doce. Cuando Jesús, inmediatamente antes de su Ascensión, envía a los apóstoles, lo hace estando el grupo con una herida presente, con una ausencia, la que dejó Judas.
Esa herida es un recuerdo de la debilidad humana, de que la Iglesia está formada de pecadores. Pero, al mismo tiempo, lo es también de un gran amor por parte de Jesús, confía en hombres, en quienes no somos muy de fiar. Y de que no somos nosotros quienes sostenemos la Iglesia y su misión.
Esa herida no solamente debe ser un recuerdo, sino que ha de estar presente. No es algo a disimular, sino algo a lo que mirar, algo que sea visible, des-velado permanentemente para nosotros. No solamente para no olvidar lo inolvidable, que no somos dioses, sino para que nos sea palpable el amor de Dios para con nosotros, para que los demás, cuando encuentren fortaleza en nosotros, vean que no es del herido, sino de quien lo sostiene.
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