1En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; 2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. 4Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: 5a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». 6Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. 7Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. 8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. 10El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
En un confinamiento, no se sale de casa, pero no entra nadie. Sin embargo, son muchas las vías por donde pueden entrar los ladrones y bandidos. Por los medios de comunicación y redes sociales nos llegan todo tipo de mensajes y muchos de ellos de lo que tratan es desde pudrirnos el alma hasta adormecernos.
Si siempre hay que estar avizor, con más razón en una situación en la que uno es más vulnerable y, por tanto, con más flancos abiertos para que puedan abusar de uno.
El engañador manipula, no entra abiertamente, lo suyo no es la puerta, sino la rendija del engaño. Empezando poco a poco, al final logra meter hasta un elefante en nuestro corazón. Las pequeñas cesiones por nuestra parte van dilatando poco a poco sus posibilidades.
La situación ideal para el ladrón y bandido es el aletargado, el abobado, el perezoso mental, aquél a quien han hecho creer que sus estupideces son opiniones respetables, quien hace, dice y piensa, lo que se hace, se dice y se piensa.
En cambio, el pastor verdadero es el que entra por la puerta, el que nunca violenta ni fuerza, por poco que fuera. Aquél con quien todo nuestro ser encuentra afinidad, Aquél con cuya voz todo lo que somos vibra por simpatía. Aquél que no quiere cogernos adormilados, sino que desea ser oído en plenitud.
Y Ése que así entra no es el que quiere tenernos cada vez más encogidos, más encerrados en nosotros, más en la inmanencia, sino que es Aquél por donde podemos salir, la puerta abierta que nos lleva más allá de nosotros mismos.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).