22Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, 23y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. 24Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». 25Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. 26Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. 27Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. 30Yo y el Padre somos uno».
¡Con qué fuerza suenan en estos días estas palabras!: «No perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano».
Cientos de miles de muertos por esta pandemia en todo el mundo. Unos políticos son capaces de asumir sus errores y piden perdón, a otros su orgullo se lo impide. Unos han puesto sus mejores capacidades en juego, otros han dado muestras de negligencia, incapacidad e imprevisión. Unos han sido sobrios y contenidos en sus palabras, a otros se les ha llenado la boca diciendo que no dejarían ni a uno atrás.
Los que han estado a la altura, los que han demostrado que su cargo público es para ellos una vocación de servicio, los que han dado lo mejor de sí y no han hecho sino buscar el bien de sus conciudadanos, los que han sido transparentes,... pese a su buen quehacer, no han podido dejar de sentir la impotencia ante la muerte.
Algunos de entre ellos se habrán puesto y habrán puesto su tarea en manos del Buen Pastor. Y es a Él a quien tenemos que poner todos entre las manos a tantos como han muerto fueran o no ovejas de su rebaño, para que no perezcan para siempre. ¡Que nadie los arrebate de tus manos! ¡Que todos nos pongamos en tus manos!
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