7Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». 8Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. 11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. 12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. 13Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
Es en la Biblia donde podemos encontrar las afirmaciones más contundentes de la grandeza del hombre, hasta el punto de que algunas de ellas pueden dar hasta vértigo. Y, a la par, junto a la afirmación de la grandeza, también la de que ésta no se limita a lo que de él sin más depende.
Ciertamente el hombre, al lado del resto de animales, es una criatura con una capacidad incomparable en virtud de aquello que de suyo es. Basta asistir al combate que ahora está teniendo lugar en los laboratorios en la batalla contra la Covid-19.
Sin embargo, su grandeza va más allá de esto y desborda lo que desde sí sin más puede.
Sorprendentemente Jesús nos dice que quien cree en Él no solamente puede hacer obras como las suyas, sino incluso mayores. La fe en Él es la que abre la puerta a ese poder, que es poder de bondad y amor. Jesús no nos predica el supra-hombre, sino aquello que es desde siempre la vocación del hombre, aquello para lo cual ha sido creado. Por eso el hombre tiene querencia al poder, a ser capaz de más.
De ahí que quedarse en la grandeza de lo que puede hacer en virtud de lo que de suyo es, no es sino vivir en la pequeñez. A pesar de que la pandemia nos recuerda nuestra pequeñez, no hemos de olvidar la grandeza de la vocación del hombre que esa debilidad no desmiente. Por el contrario, cuanto más sepamos de nuestra limitación, cuanto más andemos en la humildad, más espacio dejaremos al agraciamiento.
Apoyados en Jesús, la gracia nos capacita para las obras más grandiosas. El hombre está llamado a amar a sus enemigos.
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