
Como ya os dije, en este tiempo de verano no me va a ser fácil tener acceso a internet, de modo que, de nuevo, adelanto el pequeño comentario al evangelio del domingo.
La continuación del anterior, Mc 6,30-34, sería la multiplicación que narra seguidamente este evangelista. Sin embargo, la liturgia -¡qué gran riqueza de textos desde la reforma conciliar!-, ha preferido que se proclame el relato de S. Juan; lo cual dará pie a que en los siguientes domingos se continúe con el discurso eucarístico de la sinagoga de Cafarnaúm. Centrémonos brevemente en un solo aspecto.
"Al ver el signo que había hecho" (Jn 6,14). Ha sido Jesús el que ha tomado el pan, ha dado gracias y lo ha repartido. El ver que ha sido Él quien ha multiplicado los cinco panes y los dos peces, les lleva a hacer una confesión. En la Eucaristía, no se trata simplemente de multiplicar cantidad, sino de algo incomparablemente superior, pero la liturgia eucarística está prefigurada en este hecho.
Efectivamente el sacerdote toma el pan y el vino en la presentación de ofrendas; después pronuncia la plegaria eucarística, en la que están las palabras de la institución; por último lo reparte entre los fieles. Esto es lo que puede ver cualquiera con la inteligencia y visión naturales, pero ve verdaderamente quien, con los ojos de la fe, ve que es el mismo Jesús el que toma el pan, dirige la oración de la plegaria eucarística al Padre y da de comer a los fieles. Y es con la fe como vemos que el pan ya no es pan, sino su cuerpo y el vino, su sangre y que se trata del memorial del sacrificio de la Cruz. No se trata simplemente de saber conceptualmente de memoria que eso es así ni imaginárselo ni recordarlo cuando tiene lugar ni pensar sobre ello durante la celebración, se trata de ver con la fe.
Y ver fiducialmente es un todo. Quien no ve que es el Señor quien celebra no ve el misterio pascual ni la presencia sacramental. Esto es de suma importancia, en un doble sentido, en unos tiempos en que lo que es el sacerdocio ministerial se está diluyendo en la comprensión de muchos. Es importante para el fiel ver que es Jesús y que obra por ministerio de un hombre; si no es así, ¿cómo va a ver a la Víctima que es la misma que el Sacerdote? Y, para el presbítero o el obispo, es imprescindible que viéndose con los ojos de la cara no se vea, sino que con la fe vea que es el Sumo y Eterno sacerdote el que está celebrando. Tenemos que purificar nuestro corazón para poder ver fiducialmente con claridad. ¡Qué dicha que el sacerdote desaparezca ante nuestros ojos! ¡Qué privilegio que el sacerdote no se muestre ante nosotros y trasparezca totalmente a Cristo!
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