Decid a los cobarde de corazón: "Sed fuertes, no temáis". Mirad a nuestro Dios, que viene y nos salvará (Is 35,4).
¿Y quién no es más o menos cobarde de corazón? El miedo es un componente importante en nuestra vida, pues la apoyamos en muchas cosas o cositas que son arena. Mientras que no hay una amenaza que ponga en cuestión ese cimiento, nuestra vida parece sólida, pero en el fondo sabemos que es inestable y tememos que aparezca lo que pueda poner en cuestión la construcción que hayamos hecho. La cobardía se da cuando evitamos afrontar determinadas situaciones para no poner en riesgo nuestra precaria vida.
La antífona de hoy nos invita a mirar con fe en la Eucaristía al que puede darnos fortaleza y en quien podemos encontrar el coraje. Cuando, al decirnos el ministro "el cuerpo de Cristo", respondemos amén, estamos afirmando que Él viene a salvarnos. Que Él es la roca inconmovible que da solidez a nuestra existencia.
Desde esta seguridad recibida, nuestra vida encuentra la fuerza y la audacia para afrontar cualquier situación. No tenemos que estar pendientes de no recibir daño, no tenemos que andar mirándonos y cuidándonos. Sea cual sea la amenaza, permaneciendo en Él, estamos a salvo porque Él viene a salvarnos, nos salva. Y así podemos ocuparnos de sus cosas sin temor a sufrir daño.
Cuántos problemas y adversidades encontramos en la vida. Cuántas decisiones y riesgos. Cuántas palabras por decir y cuántos posibles rechazos por recibir. Si sentimos miedo, si notamos que nos retraemos, que evitamos,... miremos a quien nos da firmeza y busquemos en Él la fortaleza y el arrojo.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).