lunes, 16 de agosto de 2010

Antífona de entrada TO-XX / Sal 84(83),10s

¡Oh Dios!, Escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido. Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 84(83),10s).
Una vez más, la liturgia nos pone en situación de mendicidad, es decir, en aquélla que es la verdadera nuestra. A la celebración, acudimos habiendo sido zarandeados por mil tentaciones, por un ejército de ataques del enemigo, los pensamientos nos han distraído con frecuencia e invitado con su carga afectiva a seguir otros caminos o a fijar nuestra atención en ellos, que no son Dios. Al haberlo permitido, Dios nos ha dado la oportunidad de aprender, por los golpes recibidos, el camino de la humildad, la impotencia para la victoria, la necesidad de su ayuda. Y comenzamos dirigiéndonos a Él como nuestro Escudo, como Aquél en quien encontramos la única defensa verdaderamente efectiva frente al mal espíritu y sus argucias.

¿Pero quiénes somos para pedirle ayuda a Dios? ¿Con qué derecho nos dirigimos a Él para rogarle algo? En las alianzas, quienes las pactan se comprometen normalmente a prestarse ayuda mutua. Dios, en la eterna y definitiva alianza, no pide la nuestra, pues no la necesita, pero nos brinda todo; no sólo defensa, nos ofrece el ser sus hijos. Mas, siendo sinceros, qué poco guardamos esa alianza en que entramos por el bautismo. Por ello, nosotros que hemos manchado tanto la imagen divina en nosotros, le pedimos al Padre que se fije en el rostro de su Hijo, de su Ungido. Que mire al hombre en quien perfecta está la imagen divina y que intercede eternamente por nosotros. Que sean sus méritos los que nos alcancen su misericordia.

En el templo de Jerusalén, muchos perseguidos injustamente, como atestigua el salterio, buscaban refugio y protección. El Cristo, el Ungido, tras su resurrección ha penetrado ya en el Santuario Celeste. Nosotros, en el presente eón, en la liturgia participamos ya de la liturgia celeste y así vivimos como en el atrio del templo divino; aún no hemos llegado a donde está el Sumo Sacerdote de la eterna alianza, donde ya no hay más muerte ni llanto ni dolor (cf. Ap 21,4). Pero aunque sin estar en posesión definitiva de los bienes del cielo, mejor es estar en la protección del atrio del templo, que en la que podamos darnos desde nosotros mismos.

Y mejor cantar la antífona de entrada, que es el atrio de la celebración eucarística, que haberse quedado en casa.

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