Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Paz y alegría. Los discípulos están encerrados por miedo. Y todos de alguna manera lo estamos también. Mientras que la realidad era para el hombre, antes del pecado, un ámbito de paz, desde la caída, vivimos en el miedo.
El miedo nos encierra porque el pecado nos ha cerrado previamente a Dios. Él tiene que romper ese cerco, a nosotros no nos es posible.
Jesús resucitado se hace presente a los discípulos. A nosotros también se presenta en nuestro interior. No vemos las heridas de sus manos y costado, pero se nos da a conocer por su paz. Una que es inconfundible, una en la que se puede hacer pie y envuelve toda nuestra existencia.
No vemos sus heridas, pero esa paz que no es fruto de nuestro esfuerzo ni es producto de nada de este mundo nos lo da a conocer como Aquél en quien asentar la existencia.
Y eso nos llena de alegría. A pesar de lo problemático y doloroso que el mundo es, desaparece el miedo y esa paz y alegría lo llena todo. En esos momentos, tenemos un atisbo de lo que sería la vida en el paraíso, en un mundo sin pecado, y nos mueve la esperanza de que esa paz y alegría podamos gozarla eternalmente.
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