martes, 21 de abril de 2020

Jn 3,7b-15. Fidelidad a la tierra




“Tenéis que nacer de nuevo”; 8el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». 9Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?». 10Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? 11En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. 12Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? 13Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. 14Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15para que todo el que cree en él tenga vida eterna.


Con mayores o menores esfuerzos, tarde o temprano, los científicos van sabiendo cada vez más de este coronavirus, con la experiencia los médicos van ajustando mejor los tratamientos para la covid-19, en los laboratorios parece que se van acercando a una vacuna. Sin duda ninguna, esto son cosas de la tierra. Con todo, ofrecen su resistencia al entendimiento humano.

¿Pero son solamente de la tierra cuestiones como ésta? Nos han macerado tanto socialmente en postulados positivistas que acabamos creyendo que la realidad se reduce a lo que se puede medir y meter en una ecuación, a lo que se puede dominar por alguna de las ciencias positivas.

De haber algo que no sea reducible por algún método científico, será cosa de otro mundo, no de éste. Un mundo que, para muchos, o bien sería paralelo a éste o bien lo rozaría sólo tangencialmente. Para otros, algo puramente fantástico y, por ello, un estorbo que mejor habría que quitarse de encima para poder ser fieles a la tierra.

Y es verdad, un mundo así mejor sería quitárselo de encima.

Jesús le dice a Nicodemo que el renacer de nuevo, aunque no quepa su comprensión en un laboratorio, que la acción del Espíritu, a pesar de que no la podamos circunscribir a una ley estadística, son de esta tierra, no son cosas de un mundo paralelo.

Sí, hay cielo y hay tierra, no son lo mismo. Pero el cielo es tan fiel a la tierra, la ama tanto, que no se ha limitado a tocarlo un poquito. El Hijo, sin dejar de ser Dios, se ha hecho hombre. Dios no solamente ha intervenido reiteradamente en la historia, sino que se ha hecho un personaje más de su drama. En Jesús, cielo y tierra están unidos.

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