lunes, 20 de abril de 2020

VIII - Con su cuerpo glorioso, Jesús explica que también los muertos resucitan. Lc 24,36-43




Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a voso- tros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.


No era simplemente un espíritu, no era que su alma inmortal se les hubiera aparecido con una apariencia corporal. Era todo el hombre Jesús, cuerpo y alma.

Su destino final no era una muerte permanente en la que sobreviviera el alma. Porque para un hombre, que es no solamente alma, sino también cuerpo, una supervivencia de solamente el alma con una pérdida para siempre de lo corporal es una muerte permanente, por muy inmortal que el alma sea. Sería la imperecedera gran mutilación.

Jesús les hace patente que hay resurrección de los muertos, pues Él ha resucitado. Si no hubiera vencido a la muerte con su cuerpo, la muerte no habría sido vencida.

La patencia de su cuerpo resucitado es aire fresco de esperanza para todos. El futuro no es una simple inmortalidad anímica, sino que es resurrección de la carne, vida para siempre en la totalidad de lo que somos, en cuerpo y alma.

Y esto nos habla del amor de Dios. No nos quiere parcialmente, no quiere solamente una parte nuestra, no ama solamente nuestra alma, nos ama en la totalidad que somos, nos quiere para sí en la totalidad en que nos creó, en cuerpo y alma.

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