jueves, 23 de abril de 2020

Jn 3,31-36. Huero





31El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. 32De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. 33El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. 34El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. 35El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. 36El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.


Palabras, muchas palabras a lo largo de estos días pandémicos. Palabras sobre todo lo que pasa, intentando dar cada una perspectivas distintas hasta poder componer entre todas un imposible retrato completo, una figura que inevitablemente no tendrá vida. Palabras abiertamente mentirosas unas, otras sinceras, otras verdaderas. Pero incluso éstas, insuficientes. Y es que «el que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra». Las únicas esperanzas que ofrecen son caducas promesas para pasado mañana.

Estamos en una situación en que la sequedad de la pura inmanencia se acusa más sofocantemente. Lo huero de este mundo cerrado sobre sí se puede sentir más angustiosamente. Mas el hartazgo de este salvado se puede convertir en nuestro mejor aliado.

Unos días en que el discurso religioso huero, como el del fariseo en el templo, se hace más y más insoportable. Esa sensación de insufribilidad nos invita a rechazar la ganga que nos puedan ofrecer o nos hayan estado ofreciendo de un falso cascarón piadoso que a lo más que llega es a adormecer nuestra soberbia con aromas de aparente bondad.

Pero también a descubrir el mendaz ropaje  con que nos hemos engañado y ocultado o amortiguado ante nosotros la necesidad de nuestro corazón de humillarse como el publicano en el templo y desgarradamente suplicar compasión más allá de nosotros, de Dios.

Un tiempo para desnudarse y mendigar palabras que exuden verdadera esperanza.


2 comentarios:

  1. Siempre que le leo, y lo hago cada vez más a menudo, lo primero que surge de manera espontánea es darle las gracias. En este caso por no quedarnos únicamente en la política. La policía irrumpiendo en Iglesias casi vacías para interrumpir la celebración de la Misa -en Francia armados-, los políticos proponiendo que se prohíba dar la Comunión, la tibia reacción de la jerarquía católica-, etc. Le agradezco que nos ayude a los fieles privados de asistir a la celebración de la Misa, privados de Sacramentos a ver un poco más lejos, más allá de la insufrible actualidad.
    Atentamente,
    Timofeevich Polukhin García

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  2. Siempre que le leo, y lo hago cada vez más a menudo, lo primero que surge de manera espontánea es darle las gracias. En este caso por no quedarnos únicamente en la política. La policía irrumpiendo en Iglesias casi vacías para interrumpir la celebración de la Misa -en Francia armados-, los políticos proponiendo que se prohíba dar la Comunión, la tibia reacción de la jerarquía católica-, etc. Le agradezco que nos ayude a los fieles privados de asistir a la celebración de la Misa, privados de Sacramentos a ver un poco más lejos, más allá de la insufrible actualidad.
    Atentamente,
    Timofeevich Polukhin García

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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).