jueves, 23 de abril de 2020

XI - Jesús devuelve a sus apóstoles la alegría perdida. Jn 21,4-7




Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua.

Pedro no pudo esperar a que la barca con la pesca llegara a la orilla. El tan querido Jesús había resucitado y estaba allí. La alegría aligera. Más aligera cuanto mayor sea y grande era porque lo amado no podía ya ser amenazado, ya nadie lo podría destruir, el temor y el dolor se perdían a lo lejos. Sólo había una amenaza, él mismo, ¿sería suficiente su amor para no volverlo a traicionar?

El amor cuanto más aligerado es lo que más nos mueve, lo que nos hace más capaces de afrontar las empresas más difíciles. No es la coacción lo que más obliga, sino el amor, porque es lo que más nos liga a algo. Por eso, la más profunda y verdadera obediencia nace del amor. Y el amor de Pedro por Jesús ha sido aligerado, ha sido alegrado, no sólo porque Jesús siga vivo, sino porque ha querido volverlo a ver.


Pedro intentó estar cerca de Jesús la noche que lo apresaron, pero no pudo, lo negó. Su amor no era entonces fuerte, era demasiado humano. Y, a pesar de todo, Jesús quería volverse a encontrar con él. Su amor que está por encima de la traición recibida, amor que ama a los enemigos, lo ha hecho capaz de pescar y más aún de amar.

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