44Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. 45Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 47En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. 48Yo soy el pan de la vida. 49Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. 51Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Nadie puede salir de casa, a no ser en ciertas circunstancias. Tenemos sumamente mermadas nuestras libertades, no solamente la de desplazamiento. Estas limitaciones también atañen a la religiosa. Su dimensión pública, la cual muchas ideologías desde ya hace centurias trataban de sofocar, y también la comunitaria están seriamente mermadas ahora, de modo que a muchos millones de personas en todo el mundo les está resultando imposible o extremadamente difícil beneficiarse de los sacramentos. Dios quiera que sea solamente un paréntesis pandémico.
Esto, antes de la situación actual, era, por razones de persecución religiosa, así para muchos cristianos en el mundo. Esto ha sido así para muchos cristianos perseguidos a lo largo de la historia. En un campo de concentración, en una cárcel, en el gulag, en un régimen totalitario,... las dificultades para vivir comunitaria y públicamente la fe pueden llegar a la imposibilidad.
Pero eso nunca impidió la santidad. Algunos de los más profundos testimonios de fe nos los dieron los mártires.
Podemos estar confinados, podemos tener limitado el acceso a los templos y a los sacramentos, podemos tener muchas limitaciones de ese tipo, pero para acercarnos a Jesús, más que una puerta abierta, lo que necesitamos es que sea el Padre quien nos atraiga hacia Él.
Quienes se han dejado atraer por el Padre hacia Jesús en la prisión o en cualquier otro tipo de restricción se convirtieron en otros crucificados en medio de sus oponentes, la fe que quiso ser acallada clamó con voz potente en su carne martirizada.
San Juan de la Cruz encarcelado se dejó atraer por el Padre hacia Jesús y, en su prisión, empezó a escribir ese extraordinario poema de amor que es el Cántico espiritual.
¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
Habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
Seguramente Dios tiene pensado para cada uno un Cántico espiritual para que lo escribamos estos días.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).