54Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? 55¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? 56¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?». 57Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta». 58Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
El Padre puso al Hijo en manos de S. José. Su seguridad, su alimentación, su posibilidad de desarrollarse,... dependiendo de quien era criatura, dependiendo de un un trabajo manual y éste dependiendo de lo que otros decidieran hacer. El Hijo de Dios quiso ser conocido como el hijo del carpintero.
Sin alguien que quisiera contratarlo, no tendría trabajo que hacer S. José. Dependiendo también de cómo les fuera a los demás en sus asuntos, pues, en una época económicamente mala, los encargos disminuyen. Dependiendo del comercio de la madera, de la producción de los distintos materiales, de la circulación de las mercancías. Dependiendo de guerras y decisiones políticas.
Jesús estaba, por medio de las manos de S. José, en manos de todos y también de todo. Una mala cosecha por una plaga o por una sequía podía tener consecuencias tremendas en aquellas economías tan débiles.
Frecuentemente, especialmente en esas ridículas estampas mojigatas y edulcoradas hasta la estupidez, vemos a ese Jesús de Nazaret regordete, sonrosado y bien alimentado. Seguramente pasaron por momentos de penuria y necesidad. Jesús, María y José eran una familia marginal en aquél mundo.
En estos tiempos pandémicos, podemos ver cómo la red tejida entre todos es sumamente maravillosa y, a la par, muy frágil. Llena de asombro cómo miles de millones de seres humanos entrecruzan sus decisiones, sin conocerse previamente, sin predeterminar racionalistamente un plan omnicomprensivo, y hacen posible un orden que posibilita medios materiales a miles de millones de personas. También su debilidad. No sólo por lo insuficiente y mejorable por haber, aunque sea, solamente una persona con necesidad, sino también porque un virus puede llevar a la ruina y al hambre a millones.
Interesado por dar de comer a su familia y, sin duda, también y ante todo por dar gloria a Dios, aquel trabajador que era S. José tomaba sus decisiones, que no solamente daban gloria a Dios alimentando a Jesús, sino también contribuyendo a que otras personas asimismo encontraran lo que necesitaban: una viga de madera para el techo de su casa o alguna otra cosa que les pudiera hacer.
Todos buscamos nuestro interés y, con ello, contribuimos a la construcción del mundo. Ahora también con nuestras decisiones lo reconstruiremos. Si en nuestro interés está el dar gloria a Dios, lo haremos mejor, si en nuestro interés no está negar al hombre, se la daremos.
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