21El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». 22Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?». 23Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 25Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, 26pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
El amor a Jesús no son meras palabras. El que lo ama de verdad acepta sus mandamientos y los guarda.
Cualquier ocasión es situación propicia para notar si verdaderamente lo amamos, pero indudablemente hay momentos donde se puede dejar sentir más a las claras no solamente el amor, sino si éste es o no profundo. Y es que hay circunstancias en la vida en que es más costoso aceptar esos mandamientos y guardarlos.
Amar a los enemigos es uno de esos mandamientos de Jesús que cuesta más trabajo aceptar y guardar en la vida ordinaria cuando solamente recibimos una de tantas pequeñas ofensas como sufrimos corrientemente. Tanto es así que muchos lo tienen más por un consejo admirable para unos pocos.
Cuánto más cuesta cuando uno tiene a un ser querido sufriendo aislado en un hospital y piensa en lo que hubieran podido hacer gobernantes más previsores, diligentes y competentes. Cuando muere y no puede ir a verlo al hospital. Cuando se bate día a día en un hospital sin protección suficiente para ayudar a los que sufren. Cuando uno lleva semanas sin tener un ingreso y no poder atender a su familia.
Una pandemia es un tiempo de sufrimiento en muchos sentidos y para muchos, pero es también un tiempo para desear el Espíritu para que nos enseñe a amar a los enemigos, a cuantos nos hacen daño.
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