27La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. 29Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. 30Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, 31pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo.
Los paisanos de Jesús se saludaban, y se siguen saludando así los judíos, deseándose la paz: ¡Shalom (שלום)! Un saludo es un deseo, no es una descripción. Este deseo incluso se puede convertir en una oración, del "Buenos días" o "Que tengas buenos días" se puede pasar al "Buenos días nos dé Dios", lo cual es menos frecuente y aún menos el responder diciendo "Y parte en su santa gloria".
Sea como mero deseo o deseo convertido en oración, lo cierto es que en ambos casos se pone de manifiesto que, en nuestro caso, querer no es poder. Querer que alguien tenga un buen día no lleva consigo que lo tenga.
Eso también ocurre con el saludo hebreo. Por mucha paz que yo le desee a alguien, no está en mi mano que la tenga. Lo más que puedo hacer es convertirla en oración. Por otra parte, si le deseamos la paz a alguien, ¿qué tipo de paz queremos para él? ¿Qué entendemos por paz?
Jesús resucitado, cuando saluda a sus discípulos, les dice: ¡Paz a vosotros! En su caso no es un simple deseo, pues todo lo que quiere lo puede, basta que diga una palabra para que algo tenga lugar.
Cuando la pandemia nos tiene atemorizados e inciertos ante el futuro, necesitamos paz; los que han muerto también. Pero no una paz que sea simplemente el cese de la tensión en que estamos. Necesitamos la paz del Resucitado, cruzarnos con Él por el camino, que nos salude y nosotros acoger esa palabra de sus labios: ¡Paz!
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