1Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. 2A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. 3Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; 4permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. 6Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. 7Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. 8Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Tan pagados solemos estar de nosotros mismos que nos puede resultar excesivo que Jesús diga que sin Él no podemos nada.
Algo estarán haciendo en los laboratorios tratando de encontrar una vacuna y una medicación que cure la Covid-19. No poco hacen los autónomos, comerciantes, empresarios, etc. para sacar a flote sus negocios y, con ello, tantos puestos de trabajo. Mucho hacen los sanitarios para tratar a los enfermos...
Todo eso es verdad. Pero incluso aquello que está en lo que desde nosotros sin más podemos no lo podríamos, si no existiéramos tal y como somos, y no creo que ninguno se haya dado la existencia a sí mismo.
Ahora bien, esas obras que hacemos además están llamadas a que sean frutos de vida eterna, que no sean una simple obra humana. Sí, que sean frutos nuestros, pero que tengan abundancia divina, que sean frutos de vida eterna.
Y, para eso, no bastan la existencia y las capacidades que tenemos por el mero hecho de ser o las que hayamos adquirido por educación, en nuestro trato con los demás, con nuestro esfuerzo. Para que nuestras obras den gloria a Dios y estén en unión a la obra salvadora de Cristo necesitamos que la savia del Espíritu corra por esos pobres sarmientos que somos nosotros y, para ello, hay que estar unidos a la vid, que es Jesús.
A pesar de las limitaciones y grandes dificultades por las que estamos pasando, estamos viviendo un tiempo en el que puede haber una abundante vendimia para la vida eterna.
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"Se ha de presuponer, que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve" (San Ignacio de Loyola).