martes, 1 de diciembre de 2009

Camino

Me estás quitando el futuro
y trayéndome al ahora,
del tiempo extraña pobreza.
¿Dónde escuchar tu Palabra?
Si fuera del hoy camino,
tu voz mi mano no alcanza.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Pobreza en la oración

La oración es un acto de pobreza. No solamente porque el orante parta de un cierto conocimiento de necesidad. Éste es importante y cuanto más radical es la necesidad, el contenido de la oración es más profundo. Si lo que necesito es a Dios no simplemente para ser, sino para ser aquello a lo que estoy llamado a ser, la percepción de mi pobreza habrá crecido. Pero esa pobreza lo es también si además de conocer la carencia, percibimos que no podemos subvenir a ella. La radicalidad de la carencia y la incapacidad para saciarla marcan lo que pidamos, lo que agradezcamos, etc.

Pero además la pobreza está en el desprendimiento de la oración misma. "Hágase tu voluntad". Qué hermoso llegar a desprendernos totalmente de nuestra petición o nuestro agradecimiento o nuestra alabanza y regalárselos a Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres, para que haga Él lo que quiera, para que disponga de ello, para que lo presente o no al Padre.

Esta pobreza solamente es posible en la medida que nos mueva el soplo del Espíritu. Si son nuestras fuerzas, siempre nos agarraremos, en alguna medida, a nuestra oración, a su contenido; solamente el Espíritu nos hace libres de todo para serlo plenamente en Dios.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Antífona de comunión A-I/Salmo 85(84),13

El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto (Sal 85,13).
El sentido general del versículo parece claro. Las criaturas necesitamos de Dios y, más concretamente, aquello a lo cual estamos llamados los hombres no nos es posible sin Él. Pero esta imposibilidad no es desesperada, al contrario, apoyados en la fidelidad de Dios a sus promesas podemos hablar del futuro con humilde seguridad: "dará".

En el contexto de la celebración del Adviento que acabamos de comenzar y en la celebración eucarística, toma esto una concreción clara. María no habría dado el fruto bendito de su vientre por sí sola, el Hijo de Dios se encarnó en su seno por obra del Espíritu Santo. Este recuerdo de la obra de Dios en el pasado afianza nuestra esperanza en el futuro. La plenitud de la naturaleza y la historia solamente se alcanzará con la venida en gloria de Cristo al final de los tiempos.

También esta esperanza la tenemos en su acción en el presente. El pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo no por obra humana, sino porque es el Sumo y Eterno Sacerdote el que celebra; los sacerdotes lo hacen in persona Christi. De modo que el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que son ya un regalo de Dios, van más allá de sí mismos por obra del cielo.

Y, en la comunión, recibimos el don del cielo, al mismo Dios. La gracia recibida nos capacita para ir más allá de nuestras pobres posibilidades, a que esta tierra, que somos cada uno de nosotros, pueda dar frutos de vida eterna; y el gran fruto es la santidad. Con esta esperanza, nos acercamos a comulgar.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Esperanzados. Lucas 21,25-28.34ss

La relación propia del verdadero discípulo con la escatología, es decir, con las últimas realidades, es la esperanza, ya que se acerca la liberación definitiva (Lc 21,28) de todo aquello que niega, limita o estorba la realización del proyecto de Dios respecto a nosotros y a toda la creación. Pero esta liberación no será algo absolutamente distinto y diferente, no será la irrupción de algo de lo que tengamos simplemente una noticia ni se tratará de algo completamente ajeno a nosotros. Precisamente por eso hablamos de esperanza.

De esa liberación participamos ya por el bautismo. Esa posesión anticipada es realización y promesa de plenitud de aquello de lo cual ya gustamos por adelantado. Y es la realización, es la vivencia ahora de esa liberación la que garantiza la promesa y despierta en nosotros la esperanza. Quien obró maravillosamente así y sigue actuando llevará a plenitud lo que está teniendo lugar en mí. La firmeza de Dios, saboreada en el presente, sustenta nuestra esperanza en la plenificación de lo ya vivido. Y esa plenitud no es otra cosa que la comunión de vida con Dios por la eternidad. La belleza de Dios -su obra en mí es hermosa- me atrae hacia Él; nuestra esperanza es como la otra cara de la atracción de la belleza divina.

Pero el evangelio de este primer domingo de Adviento, nos enmarca además la vivencia de la esperanza. Atraído por los bienes futuros que ya pre-gustamos, vivimos diligentemente. De manera preventiva guardándonos de que no se embote nuestro corazón con el pecado y activamente estando despiertos. Una de las definiciones clásicas de la oración es elevatio mentis in Deum; la esperanza nos ha de mover a despegar nuestra atención de lo caduco y finito y abrirla a Dios.

Sí, esperanzadamente activos, mas con humildad, pidiéndole a Dios que Él nos dé la firmeza en la espera, pues sin Él no podemos nada. Sólo el que conoce su incapacidad y como un mendigo pide a Dios, podrá preservarse de estar aturdido por el vicio y estar vigilante ante su venida. No está lejos. Aunque no tenga Dios previsto que seamos testigos desde este mundo de la Parusía, siempre lindamos con nuestra propia muerte.

La Eucaristía es el centro de nuestra vida y la celebramos "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo".

viernes, 27 de noviembre de 2009

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Antífona de comunión TO-XXXIV.1/Salmo 117(116),1.2

Aunque la antífona propia de comunión del último domingo del año litúrgico es la de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, tenemos también la trigésimo cuarta misa del tiempo ordinario con todos los elementos. Paso ahora a glosar una de sus dos antífonas de comunión.
Alabad al Señor todas las naciones, firme es su misericordia con nosotros (Sal 117,1.2).
Al cabo de todo el ciclo litúrgico, los breves textos bíblicos que acompañan a este momento de la celebración han ido mostrando, entre otras muchas cosas cosas, cómo las palabras en la vida del creyente tienen múltiple finalidad en el diálogo entre Dios y el hombre. Unas veces es palabra escuchada, otras es respuesta, otras confesión ante los hermanos, etc. Y todo ello en el contexto de la comunión. Siendo comunión del Logos eterno, se trata de un acontecimiento eminentemente verbal, en el sentido más fuerte de esta expresión, que excede lo que nuestra razón pueda alcanzar.

Este acontecimiento de comunión con el Logos no queda cerrado entre los creyentes y el Verbo del Padre, sino que es eminentemente misionero, es comunión que llama a integrarse a ella a todos los hombres.

La participación en la comunión de vida trinitaria por medio de la comunión con el Hijo muerto en cruz y resucitado, lleva a que cada uno de los fieles y a que la comunidad de hermanos llamen a todos los que no están integrados en esa comunión a que alaben a Dios. La participación plena en el culto divino acrecienta el deseo y necesidad de que todos participen en esa alabanza. Tanto la celebración eucarística como la vida de los creyentes individualmente y como comunidad son una invitación a cantar continuamente la grandeza de Dios.

En la comunión, tenemos la mayor muestra de la misericordia divina. En ella, tenemos, por medio de la fe, experiencia, por un lado, de nuestra pequeñez e incapacidad para salir del pecado y entrar en la vida de Dios y, por otro, de que es por pura gracia divina como tenemos acceso a la plenitud para la cual hemos sido creados. Y esta misericordia la vivimos no como algo veleidoso, sino teniendo la firmeza del ser de Dios. Nosotros somos volubles y hasta podemos negarnos a nosotros mismos, pero Dios es siempre fiel a sí mismo, a su eterna e infinita bondad amorosa.

Degustar la bondad divina despierta el deseo de una gozosa alabanza, que no se cierra sobre sí misma, sino que impele a anunciar la buena noticia a todos, a invitar a todos los hombres a su plenitud, que está precisamente en alabar a Dios.

[Voy a estar unos días sin poder hacer ninguna entrada, disculpadme]

lunes, 23 de noviembre de 2009

Antífona de comunión. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo/Salmo 29(28),10s

Paso a glosar la antífona de ayer.
El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 289,10s).
Son muchos los Salmos en que hay referencias directas o indirectas a Dios como Rey; incluso los especialistas han llegado a discutir si entre las tradiciones cultuales de Jerusalén había una fiesta de la entronización de Dios. En cualquier caso, el arca, que se encontraba en la entraña y centro del templo, era conocida como el "trono de Yhwh" (cf. Jr 3,16s; 1 Sam 4,4).

El Señor ha sido entronizado, tras su resurrección a la derecha del Padre. Pero en la Eucaristía se hace presente como Rey en medio de su pueblo; el Cuerpo que está verdadera, real y sustancialmente presente es el del soberano de todo el universo. Es más, este Rey todopoderoso y humilde, mediante la comunión hace su entrada en ese templo que somos cada uno de nosotros. Cuando comienza la procesión para recibir al Señor y baja del presbiterio el ministro, parece resonar en el templo:
Aparece tu cortejo, oh Dios, el cortejo de mi Dios, de mi Rey, hacia el santuario (Sal 68,25).
Sí, es el cortejo de Dios hacia ese santuario que somos cada uno de nosotros. Y, ante su llegada, el salmista nos dice:
Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria (Sal 24,7).
Una llamada a estar en gracia para recibirlo y, no solamente eso, sino a que, por la purificación de toda afección desordenada, con un corazón puro, lleguemos a recibirlo algún día sin presentar ningún obstáculo, con una total apertura.

Al comulgar, en ese templo que es el fiel, el Señor se sienta como Rey eterno. Y desde su trono rige el mundo y bendice a su pueblo con la paz. Presente en nosotros, en ese momento, toda la creación, toda la historia, gira en torno a nosotros, no porque seamos el centro del mundo, sino porque el centro del mundo nos ha elegido como su trono. Y la gracia recibida en el sacramento nos capacita para que, mediante nuestro obrar, vayamos implantando su reino de paz en el mundo.

Desde ahí, desde su trono en nosotros, nos rige a cada uno y nos bendice con la paz. Que la paz de Cristo reine en nuestros corazones (Col 3,15).