
El tono de una sociedad viene marcado por nuestros pequeños síes y noes. Una de las decisiones más importantes que podemos tomar es que sean otros los que lo hagan por nosotros, dejarnos llevar cómodamente por la corriente.
Esto puede parecer algo insignificante. Al abandonarse uno a los flujos de las mareas no se mata a nadie ni se hace nada que pueda parecer monstruoso. La vida, en principio, parece que no cambia.
Y, sin embargo, el ahorrarnos los pequeños síes y noes va formando un creciente montón de irresponsabilidades. Con una pequeña dejación sobre mi vida, he abierto una vía de noes continuos al ejercicio de la responsabilidad.
En los regímenes totalitarios, los grandes crímenes fueron posibles por los muchos que decidieron ahorrarse la molestia de tomar pequeñas decisiones. Los terribles efectos de los pecados mortales se vieron multiplicados por los que decidieron que de forma indolora e inconsciente se fuera sedimentando en su vida un banco de pecados veniales.
Es duro tomar postura frente al flujo dominante. Pero los pequeños noes a lo mayoritario nos van haciendo. Como en la figura de un reloj de arena, conforme uno va tomando postura, el círculo social entorno a uno va decreciendo. Puede llegar un momento en que uno se encuentre muy solo. Pero entonces el círculo empieza a crecer.
Conforme va diciendo uno que no, en lo cotidiano, a una determinada configuración de valores y va apostando por un mundo jerarquizado axiológicamente entorno a Dios, además de ir purificándose de afectos desordenados, va tomando distancia de quienes sostienen la falsa escala de valores. Esto va acercando a la soledad y al solitario encuentro con Dios, pero también al descubrimiento de quienes no han doblado las rodillas ante los baales (1Re 19).
