lunes, 9 de noviembre de 2009

Un perfil desdibujado

Al parecer, según un estudio, los jóvenes en Estados Unidos no distinguen entre el Dios que anuncia el cristianismo y el que puedan predicar otras religiones. Sobre poco más o menos otro tanto se podría decir en otros muchos países. Evidentemente no se trata de que exista un solo Dios, sino de que no encuentran diferencia entre lo que dicen unos sobre Dios y lo que dicen otros.

Desde luego, es un problema de relativismo en el oyente. Es decir, que hay un componente en el que escucha que lleva a pasar por un filtro el mensaje recibido que da, como resultado, que sobre ese asunto, lo mismo que sobre otros, da igual lo que le digan, el resultado es el mismo. Estamos ciertamente en una sociedad en la que se tiende a equiparar todo. Todas las culturas son iguales, todas las religiones son iguales, todos los sistemas de valores son iguales, todas las propuestas de felicidad son iguales. Desde ahí cualquier mensaje llega altamente anestesiado.

Pero, junto a eso, hay, al menos, tres factores muy importantes. Por un lado, está ese perfil bajo de decir lo que nos une y no lo que nos separa, lo que le pueda gustar al otro y no lo que le pueda disgustar. Ciertamente hay que ser pedagógico y saber distinguir, como hacía S. Pablo, entre la palabra para el gentil, para el judío, para el que ya cree pero necesita alimento blando y el que ya pide comida de adulto. Pero, junto a esto, la finalidad del primer anuncio del Evangelio no es decir lo que nos une o lo que pueda agradar, sino anunciar que Cristo ha Resucitado, que Él es el Salvador.

Además de esto, hay algo que abona el relativismo. En la administración de los sacramentos, ¿tiene de verdad peso la conversión? ¿Cuántas veces no se queda todo en unos requisitos formales -incluyendo charlas de preparación-? Si da lo mismo creer que no creer a la hora de recibir un sacramento, ¿no estamos diciendo que la imagen de Dios que uno tenga es intercambiable con otra? ¿Cuantas veces consideramos que creer en Dios es equivalente a ser cristiano y ser cristiano sinónimo de católico?

Por último, además del anuncio explícito del Evangelio a los no creyentes y el discernimiento para impartir sacramentos, creo que esta noticia nos habla de algo sumamente importante y decisivo. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, por tanto, es la que muestra su rostro al mundo. Cuando anunciamos la Resurrección, ¿el que no cree ve la gloria de la resurrección en las comunidades de creyentes? Ciertamente ven que somos religiosos, como lo son tantas personas de otras religiones; ven que asistimos a ceremonias religiosas, como tantos otros; ven que procuramos observar una moral, como tantos otros; ven que rezamos en la necesidad, como tantos otros. ¿Pero ven que quienes formamos ese cuerpo, que sus miembros, nos amamos como el crucificado, que damos la vida unos por otros? Esto es, ¿ven encarnado en nosotros el misterio pascual?

sábado, 7 de noviembre de 2009

Antífona de comunión TO-XXXII.1/Salmo 23(22),1s

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas (Sal 23,1s).
En la Eucaristía, el Señor nos pastorea. En la liturgia de la Palabra, a través de las distintas lecturas nos va corrigiendo y alentando, nos indica cuál es el camino y por dónde nos podemos perder. Pero, en el momento de la comunión, lo hace ante todo atrayéndonos hacia sí. La belleza de quien ha dado su vida por mi me seduce y su misterio pascual se convierte en polo de atracción que me pone en movimiento hacia Él. Y secundar esa llamada define el hacia de todas mis acciones.

Cuando acepto ser pastoreado por Él, entonces nada me falta. Aunque carezca de muchas cosas, lo tengo todo. Porque riqueza y pobreza, abundancia o necesidad lo son en relación a algo. Unos carecen de los medios para obtener su apetencia y otros, aun habiendo alcanzado el norte que se propusieron, viven en carencia porque no tienen lo único que verdaderamente necesitamos todos. En la Eucaristía, no nos falta nada. En ella, tenemos el camino para llegar al fin y al fin mismo. La comunión es posibilitación para ir a Él, pero es también posesión del término hacia el cual caminamos.

Un camino que es descansado. Es caminar, pero como recostados en hierba fresca. Nuestras actividades nos agotan, pero la entrega en la cruz resucita, la muerte es donadora de vida, la fatiga es lo que nos reconstituye. Lo que es un imposible para el hombre desde su soberbia, subir hasta Dios, es descansado en la humildad de quien se deja pastorear.

Y, en la comunión, encontramos a un pastor que es hontanar de agua viva, hallamos su costado abierto; por medio de Él, el Padre dona el Espíritu.
Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar (Ez 47,1).

jueves, 5 de noviembre de 2009

El Mesías de Händel LXXV

Ante la conspiración y determinación de quienes rechazan al Ungido del Señor, la reacción de Dios no se hace esperar. El tenor la canta en dos pasos, con sendos versículos del segundo Salmo.
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos (Sal 2,4).
La sonrisa siempre supone distancia; el absolutamente trascendente, el que habita en el cielo, siendo el totalmente cercano, es el infinitamente distante. Su Santidad es la libertad total del mundo, está tan suelto de él que no es mundano, no lo necesita. Por eso la Encarnación del Hijo, hacerse parte de la creación, es un acto de amor infinitamente libre. Libre del mundo es libre para crear, para encarnarse, para redimir, para divinizar. Y donde es libre es en su Santidad.

Y, por esa absoluta distancia, puede ser absolutamente íntimo. Si no fuera por su santidad, si fuera mundano, no podría ser totalmente cercano, pues se diluiría como la sal en el agua. Su Santidad es sobreabundancia de ser; no es diferente al mundo por negación de lo que no es, sino porque su realidad satura su realidad, la sacia. Su ser es acción de pura afirmación de sí. Nosotros sí necesitamos negar para decirle, por eso el hombre, como Job (cf. Jb 40,4s), ante el misterio divino calla; nuestras palabras sobre Dios necesitan heñirse en apofatismo. De ahí que pidamos en el Padre Nuestro que su nombre sea santificado, porque sin su gracia nuestras palabras solamente son mundanas, profanas.

En su infinita distancia cercana, el Señor contempla, hasta lo más profundo, lo absurdo del mal, su íntima contradicción e inconsistencia. Y sonríe.

Y, en su gracia, el mal que conspira en nosotros, la tentación, conforme vamos creciendo en santidad se aleja en lontananza. Ya no solamente no se está identificado con él -eso es estar en pecado-, sino que conforme la inercia del mal que queda en mí, tras el perdón divino, va siendo purificada, la tentación me afecta menos.

El mal, no solamente el personal, sino el mal de la historia toda, queda relativizado desde la Cruz. No solamente cobro distancia de él, sino que me aparece vencible y percibo cómo puedo participar en la lucha por una victoria ya alcanzada en la Resurrección.

"El Señor se burla de ellos". No les espera la Gloria, sino vergüenza eterna; han rechazado la estima divina. Pero esa burla divina, mientras aún hay tiempo en esta tierra, es una llamada a la conversión; es dejar patente al pecador, a mí, el fracaso de mi soberbia y mi necesidad de ser librado del yugo del pecado para poder entrar en el servicio divino.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El Mesías de Händel LXXIV

Y todos los que conspiran a coro murmuran:
Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo (Sal 2,3).
Ya en la primera tentación en el Paraíso, la voluntad de Dios es presentada como una tiranía; Satanás quiere convencernos de que Dios no quiere al hombre, que lo quiere oprimir y por eso lo limita. Y el hombre, una y otra vez hace caso a esa insinuación. No reconoce que Dios no necesita limitarlo, porque de suyo cualquier criatura, por grande que sea, en algún aspecto es limitada. No necesita someterlo, pues ninguna criatura es absoluta, todas, al menos en algún aspecto dependen de su Creador. La tentación es a no aceptar lo que somos, a querer ser otros; pero no a querer ser otro hombre distinto al que soy, con otra identidad y destino, la tentación radicalmente es no aceptar que somos criaturas y querer ser Dios. Queremos ser el Señor.

Pero lo cierto es que la urdimbre de nuestro ser está hecha para que la trama sea el servicio y, por ello, el hombre solamente sabe obedecer. La cuestión es a quién. Cuando desobedecemos la voluntad de Dios no dejamos de obedecer, sino que nos ponemos al servicio de otro señor, aunque sea bajo el engaño de hacernos creer otra cosa.
¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia? (Rm 6,16).
La verdadera obediencia es acción que brota de la audición de la Palabra y la muerte del alma es la retracción a ella para caer en la esclavitud del pecado, para lo cual nos bastan nuestras fuerzas, mientras que para librarnos del pecado no podemos solos, sino que necesitamos de la ayuda de Dios (cf. Lv 26,13). Siempre llevamos un yugo, pero de aquél de la esclavitud del pecado no somos libres para dejarlo, mientras que Dios, junto a sí, no nos retiene contra nuestra voluntad. Es cierto que llevamos un yugo, pero no uno de muerte, sino de vida:
Mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11,30).
Y ese yugo, esa carga, es la cruz. Por eso, es obediencia de vida, porque es llevar la puerta de la resurrección. Y es obediencia no de esclavos, sino de hijos:
Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados (Rm 8,15ss).

martes, 3 de noviembre de 2009

El Mesías de Händel LXXIII

Sin embargo, pese a que los mensajeros van pregonando el mensaje a cuantos encuentran "no todos han prestado oído al Evangelio" (Rm 10,16). Es extraño, el anuncio lo es de la victoria sobre el mal de la que se quiere hacer partícipes a todos. Estamos ante el misterio del mal. En la historia, tras la Resurrección de Cristo, aunque van creciendo los campos, entre los trigos, nace también la cizaña (cf. Mt 13,24-50). Por eso, el bajo se pregunta:
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran,
contra el Señor y contra su Mesías (Sal 2,1s).
Esto mismo se preguntaban los hebreos en la entronización de los descendientes de David. Y eso mismo podemos preguntar nosotros, no a nuestra razón, que no es capaz de alcanzar este misterio, sino a Dios.

Ciertamente los hombres se resisten al mensaje, pero no solamente lo hacen individualmente, aisladamente, sino que también en la historia, en la nuestra, en nuestro propio hoy, podemos palpar cómo las voluntades en contra se conjuntan. Sumidos en medio de la cultura de la muerte, es fácil atisbar cómo hay una trama; incluso, más allá de la acción de los hombres, una inteligencia y voluntad que conspira contra el reinado de Cristo.

Pero pedir luz no solamente para cobrar inteligencia del misterio de iniquidad fuera de mí, sino en mí mismo. Porque mi voluntad es solicitada para unirse a la coalición del mal: "Pedir conoscimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para dellos me guardar, y conoscimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para le imitar" (S. Ignacio de Loyola).

Siete reyes se resistieron a que el pueblo de Israel entrara en la tierra prometida a los patriarcas y siete reyes en nuestro interior intentan impedir que entremos en el Reino de los Cielos: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. El mal está vencido, Satanás sabe que no podrá triunfar, pero quiere unirnos a su derrota.

¿Por qué pese a que se me ofrece la plenitud, me resisto y conspiro, no solamente contra el Señor y su Mesías, sino también contra mí mismo?

lunes, 2 de noviembre de 2009

Mesías de Händel LXXII

A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje (Rm 10,15).
Un nuevo versículo de la Carta a los Romanos en el que se cita el AT, concretamente el Sal 19 (18), 5. Las miríadas de mensajeros que anuncian la paz recorren toda la tierra y todos los tiempos, en obediencia al mandato recibido (cf. Mc 16,15). Y, como los mensajeros, aunque no pierden su individualidad, actúan como uno, el versículo lo canta el coro.

El Salmo en que se encuentra originalmente este versículo nos habla de otros mensajeros, de las criaturas de la bóveda celeste que ha hecho Dios:
El cielo proclama la obra de Dios, / el firmamento pregona la obra de sus manos: / el día al día le pasa el mensaje, / la noche a la noche se lo susurra (Sal 19(18),2s).
El Sol, la Luna y las estrellas, lejos de ser dioses, son seres creados por Dios y están a su servicio. Como mensajeros, sin pronunciar palabra, hablan de su Creador.
Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras (Rm 1,19s).
Pero ahora el versículo del Salmo lo refiere S. Pablo a otros mensajeros. No son criaturas sin palabra, sino hombres que han creído en Cristo y han sido enviados por Él. No se trata de que lleven un conocimiento de Dios que pueda alcanzar la razón humana, sino de lo que es cognoscible solamente por fe. No se trata de dar a conocer solamente las perfecciones invisibles de Dios, su poder y divinidad, sino de anunciar que es Padre; que ha enviado a su Hijo para nuestra salvación y que, para ello, se ha hecho hombre, ha muerto en Cruz y ha Resucitado; que tras subir a los cielos, por medio de Él, el Padre ha enviado al Espíritu Santo.

Y este es un mensaje que no solamente tiene la pretensión de llegar a todos, sino que llega hasta el último confín de la tierra. Y el último confín es lo más profundo del corazón del hombre. Esto es así porque no son solamente las voces humanas las que llevan a cabo el anuncio; si no fuera por la acción del Espíritu Santo, esta palabra sería una palabra entre tantas otras. Por muy profunda que fuera, por muy penetrante que llegara a ser, no llegaría a lo más íntimo de la entraña humana. Pero llega al hondón del hombre y ahí resuena el anuncio de la salvación, que es llamada a ser de Cristo.

Un anuncio que, a la par, es suscitación de fe: "La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo" (Rm 10,17). Pero es anuncio, propuesta, llamada... nunca imposición. El hombre por el don de la fe puede responder afirmativamente, pero también puede retraerse y distanciarse de esa palabra.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Antífona de comunión de la Solemnidad de Todos los Santos / Mateo 5,8-10

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán "los hijos de Dios"; dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,8-10).
La Eucaristía es dicha, felicidad, porque es encuentro con nuestra plenitud y causa de ella. Los hombres nos sentimos a nosotros mismos y, como siempre somos en orden a un fin, nos sentimos con sentido o sin sentido. Cuando uno está puramente ordenado a Dios, se siente en plenitud de sentido, se siente feliz. Gracias a la Eucaristía, a la salvación que nos viene del Misterio Pascual, podemos decidirnos en orden a Dios, a la comunión de vida con Él, y es en ella donde está Aquél que nos atrae hacia sí como sentido y fin de nuestra vida y hacia el cual definimos nuestra vida.

En la Eucaristía nos encontramos con Jesús, el absolutamente limpio de corazón (cf. Mt 11,29; Jn 19,34), el que restituyó la paz (cf. Ef 2,14-18), el perseguido por causa de la justicia (cf. Mc 8,31). Y es en ella donde se nos hace capaces de purificar nuestro corazón, de unirnos a la oblación reconciliadora de Cristo y de soportar todo tipo de persecución por Él y el Evangelio.

Pero las puertas de acceso a la Eucaristía, lo mismo que del cielo, son las bienaventuranzas. En la medida que vamos purificando nuestro corazón, vemos, con los ojos de la fe, a Dios en la Eucaristía; cuanto más nos unimos al sacrificio de reconciliación, más somos hijos en el Hijo; cuanto más sufrimos la persecución de quien se identifica con la justicia divina, más entramos al comulgar en el Reino de los Cielos.

Dichoso quien comulga.