
Hermanos, incluso si a alguno se le cogiera en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú. Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la Ley de Cristo. Por supuesto, si alguno se figura ser algo, cuando es nada, él mismo se engaña. [...] Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6,1ss.14).
Jesús carga sobre su cuerpo la Cruz. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y tiene que cargar con la Cruz. Y cada uno de nosotros, como miembros de ese Cuerpo, tiene que hacerlo también.
Para S. Pablo, esto no es algo abstracto o genérico, sino muy concreto. La vida cristiana lo es en comunidad con otros discípulos. Los miembros del Cuerpo de Cristo no están simplemente unidos individualmente cada uno a la Cabeza, sino que lo están también entre sí; entre unos y otros hay -tendría que haber- relaciones recíprocas.
El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, da perceptibilidad, en medio de nuestro mundo, del misterio pascual del Señor, de su Cruz y Resurrección. Este Cuerpo está lacerado por los pecados de sus miembros y mutuamente tenemos que llevar las cargas de los demás, no forzados como el Cireneo (cf. Mc 15,21), sino a imitación de Cristo Jesús. Así cumplimos su Ley: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros" (Jn 13,34s). Para Cristo, amar es cargar amorosamente con nuestros pecados.
Estar preocupados de la salud espiritual de los otros miembros del Cuerpo, cargar mutuamente con el pecado de los demás, para conducir al otro, con suavidad, a la salvación. Todo ello con humildad, sabiendo que todos somos pecadores y podemos caer.
Y, como S. Pablo, poniendo nuestra gloria en el Señor, para que así se manifieste a todos, en su Cuerpo, la gloria de su Resurrección. En su Cruz vivir crucificados; por ella, ser salvados, vivir la vida de los hijos de Dios. Y que sea en ella donde encuentre la muerte el mundo de valores configurado a espaldas de Dios.
Los hombres de nuestro tiempo, los de cada época, necesitan el anuncio de la Resurrección de Cristo. Por ello, necesitan que nosotros vivamos así, que sea perceptible para ellos, en la vida eclesial, el misterio pascual del Señor.
Para S. Pablo, esto no es algo abstracto o genérico, sino muy concreto. La vida cristiana lo es en comunidad con otros discípulos. Los miembros del Cuerpo de Cristo no están simplemente unidos individualmente cada uno a la Cabeza, sino que lo están también entre sí; entre unos y otros hay -tendría que haber- relaciones recíprocas.
El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, da perceptibilidad, en medio de nuestro mundo, del misterio pascual del Señor, de su Cruz y Resurrección. Este Cuerpo está lacerado por los pecados de sus miembros y mutuamente tenemos que llevar las cargas de los demás, no forzados como el Cireneo (cf. Mc 15,21), sino a imitación de Cristo Jesús. Así cumplimos su Ley: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros" (Jn 13,34s). Para Cristo, amar es cargar amorosamente con nuestros pecados.
Estar preocupados de la salud espiritual de los otros miembros del Cuerpo, cargar mutuamente con el pecado de los demás, para conducir al otro, con suavidad, a la salvación. Todo ello con humildad, sabiendo que todos somos pecadores y podemos caer.
Y, como S. Pablo, poniendo nuestra gloria en el Señor, para que así se manifieste a todos, en su Cuerpo, la gloria de su Resurrección. En su Cruz vivir crucificados; por ella, ser salvados, vivir la vida de los hijos de Dios. Y que sea en ella donde encuentre la muerte el mundo de valores configurado a espaldas de Dios.
Los hombres de nuestro tiempo, los de cada época, necesitan el anuncio de la Resurrección de Cristo. Por ello, necesitan que nosotros vivamos así, que sea perceptible para ellos, en la vida eclesial, el misterio pascual del Señor.
