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jueves, 31 de diciembre de 2009

Antífona de Comunión. Sta. Mª. Madre de Dios/ Hb 13,8


Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre (Hb 13,8).
Cada uno de nosotros somos el mismo a lo largo del tiempo, aunque, por los cambios, no seamos lo mismo. A esto no hace excepción Cristo. El evangelio de S. Lucas es claro al respecto. Jesús cambia a lo largo del tiempo.
El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba (Lc 2,40; cf. 2,52).
Sin embargo, hay algo en Jesús, además de su identidad personal, que no cambia y que, en cambio, en nosotros sí. Él no cometió pecado (cf. 1Pe 2,22) y, dicho en positivo, el cumplió siempre la voluntad del Padre, siempre es fiel a sí mismo (cf. 2Tim 2,13). El ser siempre el mismo tiene, por tanto, en Jesucristo, una profundidad incomparablemente mayor que en cualquiera de nosotros.

En la comunión, recibimos al que siempre es el mismo, el fundamento inconmovible sobre el que cimentar la vida y que nos da su solidez. Recibimos al mismo que estuvo en el seno de María, el mismo que nació en Belén, que caminó con los apóstoles por aquellas tierras, que predicó la Buena Nueva, que curó a los enfermos y endemoniados, que murió y resucitó. El mismo que está entronizado a la derecha del Padre y volverá en gloria a juzgar a vivos y muertos. Y al recibirlo a Él entramos en comunión con todos sus misterios.

Y el que es siempre el mismo, que no puede negarse a sí, tampoco puede ser cambiado ni manipulado. Por ello, recibirlo a Él es comulgar con la identidad del cristianismo, porque ella no está en nuestras invenciones, sino que está en Cristo.

miércoles, 8 de julio de 2009

El Mesías de Händel LXVIII

Sólo Dios se sienta en su trono, por eso, quien está ahí entronizado y solamente quien se sienta en él es digno de adoración. No porque haya nada en lo que Dios se apoye, pues no necesita nada fuera de Él; no porque necesite de nada para realzar su grandeza. En realidad, Dios es el fundamento de sí mismo; en cambio, las criaturas tenemos nuestro último cimiento en el Creador. De ahí que el coro cante:
Adórenlo todos los ángeles de Dios (Hb 1,6).
Y todos adoran al Señor resucitado, salvo Satanás y los suyos; él lo que pretendió fue justo lo contrario: "Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras" (Mt 4,8s). Y Jesús le recordó su obligación, le dijo la verdad de su rebeldía y le mostró el motivo de su infelicidad eterna, el estar en la más profunda contradicción en que puede estar una criatura: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto" (Mt 4,10; Dt 6,13).

Todas las criaturas materiales ajustan su ser perfectamente a la voluntad de Dios; en realidad, no pueden no hacerlo. Sólo las espirituales podemos rechazarlo; pero esto es negar nuestra identidad más profunda, es suicidarnos existencialmente. La máxima plenitud de realización y la mayor felicidad están en adorar a Dios. Y esto es algo en que ha de estar implicado todo lo que somos. No son suficientes gestos externos, aunque este no sea un mal comienzo. Hemos de caminar sin parar hasta que en totalidad estemos en adoración. No que algo de mi lo adore o que le dedique algunos momentos a la adoración, sino que todo mi ser y mi tiempo sean un solo acto de adoración.

En buena medida, el combate interior con los pensamientos, en el que, movidos por el Espíritu, nos tiene que introducir y entrenar el buen maestro espiritual, consiste en que la atención en vez de estar dividida en la diversidad de pensamientos, dedicándoles energías y atención, e intentando poseerlos, quede unificada en adoración al único Dios inabarcable. Entonces, hecha la atención un agraciado hábito espiritual de adoración, sin violencia y con gran sosiego, las cosas y los momentos de la vida quedan sumergidos en este culto interior continuo en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24). Pero en la espera de la adoración eterna de la liturgia celeste y en medio de los combates de esta vida presente. Dios nos conceda esta gracia.

Y, de esta adoración, no puede quedar desgajada la humanidad de Cristo. Es más, mediante ella y gracias a ella podemos adorar.

lunes, 6 de julio de 2009

El Mesías de Händel LXVII

Acerca del que tomó la condición de esclavo (cf. Flp 2,7), el tenor pregunta:
¿A qué ángel dijo jamás: Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado? (Hb 1,5).
Eso que el Padre no ha pronunciado nunca respecto de un ángel es el protocolo de entronización de los reyes de Judá (cf. Sal. 2,7s). Estas palabras del Salmo que recoge la Carta a los Hebreos siempre han hecho referencia a un hombre. Pero, en este caso, en el de Jesús, con una significación especial. No se trata de un reino efímero en el tiempo y limitado en el espacio, sino de la entronización sobre toda la creación, la visible y la invisible, la material y la espiritual, lo pasado, presente y futuro. No se trata de un hombre que morirá y cuyo reino concluirá, sino del que ha resucitado de entre los muertos, triunfador del pecado, del maligno y de la muerte, y cuyo reino no conocerá ocaso. No se trata de que Dios adopte a un hombre como hijo, sino de que del Hijo eterno hecho hombre, que ha vivido en la más absoluta humildad, ahora, ante toda la creación, queda manifiesto el lugar que le corresponde a la diestra del Padre.

Los versículos anteriores de esta carta nos dan luz:
Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado (Hb 1,2ss)
Un hombre, no un ángel, es el Rey del Universo; todo le está subordinado. Eso nos habla de lo que somos los seres humanos para Dios. Pero también de lo que tiene que ser Jesús para mí. Él es Rey y mi grandeza está en acatar su amorosa y divina realeza.

Continuaremos.