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jueves, 2 de julio de 2009

Una frase sobre la Iglesia

Siguiendo la estela de la entrada de ayer, voy a transcribir una frase de Lutero de 1523. Aunque, en principio, se refiere solamente a la predicación la obra en que aparece, sin embargo, es exponente de una mentalidad que, en lo que a la comprensión de la Iglesia respecta, es de una gran importancia.
Una asamblea cristiana o comunidad tiene el derecho y la autoridad de juzgar sobre toda doctrina y de convocar, nombrar y deponer a sus maestros en la fe (Lutero, WA 11, 408-416).
Como fácilmente se echa de ver, detrás de muchas cosas que oímos está esto. Aquí aparece enfrentado el sacerdocio común de los fieles a la sucesión apostólica, y la iglesia local a la universal. Aquí están también todas las demandas de democratización de la Iglesia. Pero aquí vemos también el origen de lo que luego sería la dispersión de doctrina y de práxis de las comunidades originadas en la crisis protestante del s. XVI. Este dato histórico debería de ser suficiente para vacunarnos de determinadas cosas.

Ni la iglesia local debe anular a la universal ni a la inversa, ni el sacerdocio común de los fieles debe anular el sacerdocio ministerial ni viceversa. La relación y lugar de cada uno los podemos encontrar en la Lumen Gentium. A ella os remito. Leer este documento es un modo de conocer a nuestra madre.

Seguramente la afirmación del joven Lutero automáticamente, en su literalidad, despierte nuestro rechazo. Sin embargo, creo que, como quiera que es una mentalidad muy extendida, no estaría de más que cada uno nos preguntáramos por nosotros mismos. No creo que a ninguno se nos haya pasado por la cabeza convocar una asamblea para deponer a nuestro obispo, pero es mucho más cercana la tentación de adaptarme el evangelio a la carta o de hacer oídos sordos a las predicaciones que no interesan. Y cuántas veces pesa más lo que se dice, se opina o dicen machaconamente en la televisión que lo que diga la enseñanza del Papa.

O el extremo opuesto, decir creer todo lo que dice la Iglesia y no tomarse la molestia de enterarse de lo que dice para hacerlo propio. Es muy significativo el bajo número de católicos que dedican tiempo semanalmente a su formación o que muestren interés por profundizar en la Sagrada Escritura o crecer en la oración. Vayamos a la celebración eucarística. No es infrecuente encontrarse con personas que van a diario a misa y no saben, por ejemplo, qué significan los gestos y símbolos de la celebración y, pese a ello, no tienen el más mínimo interés en saberlo.

Y una última palabra sobre la responsabilidad. Una cosa es que se pretenda que la Iglesia sea una organización asamblearia y otra que sea una inmensa masa de irresponsables con pastores al frente; ni lo uno ni lo otro. Todos y cada uno, en el lugar que Dios nos haya asignado, tenemos nuestra responsabilidad en la Iglesia. Aunque la comunidad no tenga derecho a convocar, nombrar y deponer a los pastores, no obstante, cada uno tiene el deber de cuidar de la Iglesia y de cada miembro de ella. Si un párroco dice tonterías o cosas peores, tengo que darme cuenta. No hace falta tener estudios de teología, es suficiente con una mínima sensibilidad fiducial madurada en la comunión de la Iglesia. Y, si es eso lo que pasa, por amor al párroco, se lo tengo que decir; eso sí, prudentemente y con un inmenso amor fraterno. Si no se corrige, pues habrá que decírselo al Vicario, al Obispo o a quien corresponda. Y, si se ve que la cosa no tiene remedio, cambiar de parroquia.

La Iglesia no es una democracia, pero cada uno de sus miembros tiene un poder mayor que la votación: la gracia divina. Si alguien quiere ser poderoso en la Iglesia, si alguien quiere influir, que sea el último y el servidor de todos.

viernes, 5 de diciembre de 2008

A Dios le gusta la carne

He interrumpido la serie sobre lo de la cruz en los colegios, pero no por comentar los textos evangélicos de El Mesías –otro día iremos a por ellos–, sino porque he leído una entrevista a J. M. Castillo, en la que hay una afirmación que me parece interesante comentar: “La Iglesia es un gran obstáculo para entender el Evangelio”. Como veis, no cito el título, un poco suavizado, sino lo que dice el autor en la entrevista. El resto de las declaraciones tampoco tienen desperdicio, pero ésta en concreto apunta a una de las cuestiones que planteaba Palladio en uno de sus comentarios.

Detrás de este aserto hay una visión de Dios muy distante de la mía y, por los comentarios, también vuestra. Mi experiencia de fe me ha enseñado que Dios no es un geómetra cartesiano, que no tiene que hacer abstracción de nada mío para acercarse a mí. Es más, hasta se sirve de lo malo que hay en mí y a mi alrededor para decirme quién es Él.

El Dios del cristianismo no solamente no es distante, sino que hasta se pringa en la Historia. Dice el evangelio de S. Juan expresivamente, frente a cualquier tendencia gnóstica o platonizante, que se hizo carne. No es que Dios tenga interés por la Historia humana, sino que va más allá, se hace parte de ella. Y lo hace de tal manera que sufre sus consecuencias. La Cruz es un escándalo tanto para los judíos como para los griegos. Los unos esperaban un signo, una intervención poderosa de Dios en la Historia, pero quedando al margen de ella, inconmovible en su trascendencia. Para los otros, una necedad: ¿Cómo un hombre horrendamente torturado en una cruz puede revelar la divinidad y divinizar al hombre?

El que creó la Naturaleza y la Historia no se desdice de las leyes que las rigen. Por ello, la Historia particular de un pueblo, incluidas sus barbaridades, no son un obstáculo para manifestar quién es. Ni siquiera los pecados tremendos de un rey. Pero, como es reincidente, también se sirve de la fragilidad de los hombres que forman la Iglesia; las muchas tonterías y maldades que hemos hecho los que pertenecemos a ella a lo largo de la Historia no son lo suficientemente grandes ni oscuras como para empañar la grandeza de su Amor. Dios sería muy poca cosa si dependiera de unas determinadas condiciones históricas para conversar con los hombres, porque somos nosotros los que necesitamos que nos digan las cosas espacio-temporalmente, porque nuestra inteligencia es sentiente.

Su revelación llega en palabras humanas. Las limitaciones literarias de un pueblo antiguo no son para Él un corsé. Ni siquiera su primitiva y antropomórfica concepción de la causalidad para contar su experiencia de Dios –a la que nosotros, al leer, añadimos la proyección de nuestra mentalidad aristotélica en cuestión de causalidad, no poco estrecha para meter en ella a Dios–. Su gracia nos llega en los Sacramentos, no en una relación inmaterial y, por tanto, intemporal e inespacial. Y es que no somos ángeles y con quien se quiere comunicar es con nosotros, a quienes se quiere dar es a nosotros. Si Dios prescindiera de nuestra carnalidad, más que afirmarnos, nos estaría negando.

Si Dios hubiera tenido que esperar a una Historia impoluta, a unos hombres purísimos -pluscuamarios–, con un leguaje y mentalidad angélicas, para acercarse a nosotros, nunca lo hubiera hecho, porque el que nos salva es precisamente Él.